jueves, junio 18, 2009

La Barca de Piedra


Nunca antes me había parado a pensar en cuán asombrosos son los hombres. A veces se les puede ver, en pequeños grupos, hablando y discutiendo. Uno traza un dibujo sobre el suelo con una vara, otro lo corrige borrándolo con el pie. Sus debates son tan intensos que resuenan por el puerto. Se retiran al atardecer y al otro día vuelven. Y siguen así unos días más. Luego se van. Pero si no los vemos farfullar junto a las olas no es porque hayan desistido de su empeño. Han ordenado arrancar cuarenta árboles, a los que talan y moldean a su antojo. En una explanada cerca de la playa parece que se propusieran crear una ballena de ancho costillar, hasta que ensamblan todas la piezas. Los carpinteros, los herreros, los calafateros, se mueven sin cesar alrededor de la extraña cosa a la que sirven. Se cosen las velas, se preparan las redes. No han cesado las discusiones y aun parecen más fuertes y agrias que antes. Todo el pueblo está pendiente del proceso, como si su suerte dependiera de la nave que se construye.

Creedme, he visto centenares. Algunas eran gráciles y veloces y parecía que ni llevaran verdaderos remos, tan bien bailaban en brazos de los vientos. Otras, sedientas de aventuras, zozobraban apenas se habían alejado de la costa. ¿Quién hizo creer a los humanos que había sitio para ellos en el mar? Si los dioses hubieran querido que prosperasen en él, les habrían dado aletas. Pero esta evidencia no les hace retroceder. Quieren someter la naturaleza a sus designios, aunque sepan que pagan con la vida su atrevimiento.

No hay ser semejante a ellos, ni los dioses mismos se les parecen en su tozuda imaginación, que siempre encuentra la forma de sortear un obstáculo. Pero los dioses son como niños que aplastan las flores y pisotean los insectos cuando corren detrás de la pelota que les deleita.

Yo mismo sufrí esta pasión marinera, que me vino de mi padre, que lo heredó de mi abuelo. En mi familia siempre se vivió del mar. Mi barca era lo bastante robusta para ir de pesca aun con mar revuelta o para llevar pasaje y alguna mercancía desde Samos a Mileto. Mis manos encallecieron pronto, entre el salitre, los robustos cabos y la madera siempre inquieta de los remos. Volver a puerto, encontrar a gente a la que contar lo que ese día habíamos vivido en la mar era una parte del placer de estar a merced del agua y del viento.

Cuando se celebran las fiestas de Ártemis en Mileto, las familias de Samos me confiaban a sus hijas, que acudían como uno de los coros más bellos a celebrar a la diosa. Todas doncellas, niñas apenas, parecía que sus voces fueran a ser frágiles, pero cuando cantaban juntas era como si entraran en un mundo aparte, nuestros oídos no daban crédito a las armonías que ellas nos regalaban, mientras sus cuerpos puros trazaban ante el templo líneas majestuosas, como si sus vestidos fueran velas que las elevaran por encima del suelo.

Agradaba a la diosa el festival y los dioses asistían, no sin envidia a los honores que le tributábamos cada año. La última vez, al acabar la fiesta, me fui a dormir a mi barco, que había dejado como siempre, varado y vuelto, listo para cobijarme debajo. Me disponía a extender mi manta en la oscuridad de las pocas estrellas que se atrevían a competir con la luna, cuando noté que alguien temblaba en la oquedad de madera. Acurrucada en la popa invertida, una niña gemía quedamente. Era la hija de mi amigo, la pequeña Ocirroe, que visitaba Mileto por primera vez. Me acerqué y cuando intenté tocarla, noté que el temblor de sus rodillas, los rasguños de su piel. Se recogía la hermosa túnica del festival rasgada. Quise saber quién le había hecho eso, supuse que algún borracho había intentado abusar de ella y temblé de rabia. Sólo me pidió que la llevara a casa, sin atreverse a decir nada más.

En cuanto empezó a despuntar el día preparé la barca y cuando íbamos a partir, entre los dulces tonos de la aurora, vi su rostro descompuesto, el terror que no la dejaba hablar. Cuando le di la mano para que embarcara me preguntó si no temía la ira del mismo Apolo. Y juré que aunque el díos hiciera de piedra mi barca, no por eso dejaría de llevarla al lado de su padre, para que la familia apaciguara la codicia lasciva del dios.

Y a la mar me hice, pero llegó el dios, hundió la barca, se llevó a la muchacha y a mí, Pompilo, me ha dejado aquí en la mar, donde acompaño las barcas ajenas hasta los puertos para escuchar las historias que los marineros se cuentan en los muelles, para abrir junto a la proa las efímeras estelas que nos llevan más allá, donde nunca los dioses han ansiado llegar.

Foto de JF Marrero

viernes, marzo 13, 2009

Cada día, la guerra

Me giré en la cama para abrazarte antes de que saliera el sol, pero tú ya te habías ido. Quedaban huellas recientes de tu presencia entre las sábanas, quedaba tu olor, la forma de tu cuerpo que se había dormido junto al mío.
Te eché de menos de tal forma que me dolía. Era como una punzada que me hizo levantarme y salir corriendo por si pudiera alcanzarte aún , antes de que cruzaras el patio.
Pero no había rastro de ti. Te había dado tiempo de recoger tus armas y estarías reuniendo a tus hombres antes aún de que la aurora tiñiese de azafrán con su reflejo los tejados de nuestra ciudad.

Y ahora, cómo quitarme esa añoranza de ti que me acompañaría todo el día, cómo esquivar los pensamientos que me conducirían hasta ti inexorablemente, cómo no imaginarte sudando bajo la armadura, saltando del carro, empujando siempre un poco más, intentando quebrar la línea de ataque de nuestros enemigos.
Como tantas otras mañanas me desperecé en medio del patio, como si al estirarme pudiera espantar los pensamientos de negros pasos y repasé las tareas en las que ocuparía el día.
Alguien tiene que ir al almacén, y controlar que las provisiones estén en buen estado, que se repartan de forma equitativa. Que a nadie le falte grano, ni lino, ni leña ni aceite. Es un trabajo monótono pero requiere una concentración fija, algo que hace que el tiempo pase anestesiado como si no nos tocara.

Y cuando llega la hora de preparar la comida, vuelvo al palacio, y me reúno con las demás mujeres. Te juro que preferiría no hacerlo. No hablan más que de los rumores que se extienden por la ciudad, todos variables e infundados, como si contemplar la batalla desde nuestros muros pudiera darnos una idea de lo que pasa allí abajo.
A veces pienso que deliran o que contemplan espejismos, acuciados por el calor y esta larga sequía. Pero no podemos hacer otra cosa que mantenernos a la espera. Esperar a que caiga la noche e imponga su tregua, a que vuelvan nuestros hombres y desear que sea el de otra el que no vuelva. Esperar que algo pase y que cambie nuestra suerte.

Y entonces llegas tú, precedido por las palabras de tus compañeros, por la mirada de orgullo que Príamo te envía en silencio, casi como un ruego de que no le falles nunca. Y no corro a abrazarte para parecer serena y segura y que no noten las demás mujeres que me ha pasado el día temblando por dentro, sin soportar separarme de ti. Pero en cuanto nadie me ve necesito tocarte, asegurarme de que eres tú , bajo la armadura de la que te despojo, bajo la capa de polvo y sudor, entre los rasguños de los golpes que has sabido esquivar o incluso con las heridas que dejarán nuevas cicatrices en tu hermoso cuerpo.
Eres hermoso Héctor, como la noche, cuando limpio tus heridas y con aceites te masajeo los miembros cansados de una lucha interminable. Eres hermoso, Héctor, como esa mirada tuya que nunca he visto desfallecer. Es cierto que cada día estamos más cansados, que cada día parece que tuviéramos que volver a empezar un batalla insensata. Pero tu tenacidad, en la que confían tus hombres, te hace más hermoso aún. La manera en la que sin alardear de tus triunfos agradeces a los demás cuando te ayudan en el combate, te hace más entrañable para mí.
Y una vez que las huellas de la batalla han desaparecido sales a buscar a tu hijo y aún encuentras el momento de jugar con él y divertirlo. Ese niño que no conoce la paz, ha crecido creyendo que salir cada mañana de casa con la armadura y el carro de combate es la manera normal de empezar jornada para un hombre.

Y ya juntos hacemos planes para el futuro, Cuando llegue la primavera llevaremos al niño hasta el Roeteo, para que vea toda la bahía y juegue en la playa. Y cuando llegue el verano, nos iremos de pesca, hasta Tenedos. Y en otoño saldremos los tres a buscar setas a los bosques del Ida y desde sus colinas miraremos lo pequeña que parece Troya.
Y planeando cosas tan dulces te vas quedando dormido. Y yo duermo y sueño. Sueño que empieza a llover, que en el Ida se amontonan las nubes y truena. Y que desde lo alto Zeus no para de llover y vuelven a correr los barrancos con agua hojarasca, piedras y barro. Y el Escamandro se desborda y con una fuerza inigualable avanza hacia el mar y lo arrastra todo a su paso, y se lleva el campamento de los griegos, que corren despavoridos a subir a sus barcos pero los dioses no les permiten regresar a sus casas.
Así pasa la noche y antes de que llegue el alba intento abrazarte y me giro en la cama para asir tu ausencia.

martes, marzo 10, 2009


Juan Andrés me ha pasado un meme que es mucho más que un meme. Se trata de continuar una cadena que no debe perderse. O mejor dicho, un hilo que no puede romperse.
En los tiempos que corren parece que tenemos miedo a la educación, a la enseñanza. Parece como si la única función de nuestras aulas fuera preparar a los jóvenes para el mercado laboral. Víctimas de esta visión miope de la educación, materias como el latín, el griego, la mitología, los referentes clásicos... están viendo amenazada su continuidad en muchos centros o incluso su mera existencia.
Juan Andrés me pide que siga este meme en el que se pide en concreto que se respeten las materias optativas Referentes léxicos y Fundamentos, asignaturas que imparten los profesores de clásicas en la comunidad de Valencia. El borrador de orden para regular las optativas puede conducir a su eliminación. Pero estamos a tiempo de actuar.
No nos estamos jugando unas horas lectivas, ni una plaza en un centro. Nos estamos jugando qué tipo de enseñanza queremos para nuestros jóvenes.
No es una situación aislada: en algunas universidades llega a ponerse en peligro la titulación de Filología Clásica.
Se trata por tanto de que la tradición más fructífera, la herencia más valiosa, nuestras señas de identidad, siga viva entre nosotros y pase a las generaciones del siglo XXI.
En la trasmisión de la cultura clásica ha habido momentos decisivos, el paso del rollo al libro, la introducción de la imprenta, la aparición de internet. En todas ellas los filólogos y los educadores hemos sabido sortear el peligro, pero de nada servirá seguir conservando los diálogos de Platón, los poemas de Homero o las demostraciones de Euclides si no va a haber quien las lea, las reinterprete, las enseñe, las haga seguir vivas. Si estos nombres mismos van a morir... porque en una entrevista de trabajo no te van a preguntar quién era Sócrates.

Las reglas son las siguientes:

- Subir la imagen del meme e incluir la fuente.
- Subir las reglas.
- Descargar el documento que se acompaña con el meme y enviarlo a las direcciones de los sindicatos y representante de la Consellería que aparecen en él.
- Firmar en el libro de recogida de firmas abierto al efecto.
- Elegir a cuatro personas para que continúen el meme.
- Avisarles dejando un comentario en su blog.

Y me toca pasar el testigo a otros profesores y también a algún alumno... Ricardo, Carina, Edgar, Pedro... ¿me ayudan a difundir este problema y se suman a esta campaña?

Si como lector este tema te preocupa o interesa, no dudes en publicar este meme, firmar el documento, y contribuir en la medida en que puedas en esta campaña. No importa dónde vivas. Ni si eres o no profesor. Mantén viva la tradición clásica.

viernes, noviembre 21, 2008

Filoctetes o el abandono

No, Odiseo, no es piedad lo que ha sonado hoy en tu voz al presentarte aquí con tus buenas palabras. No voy a contarte mis sufrimientos para que el joven que te acompaña no me tenga por un quejica patético. Y sin embargo, te aseguro que si tuviera la mitad de tu elocuencia mi relato os causaría un terror reverencial.

Nadie conoce mejor que tú mi mal; es cierto que no causaste la herida, pero fueron tus palabras incansables las que acabaron por envenenar mi vida. Y es por obra tuya por lo que me fue abandonando el vigor propio de mi edad en estos años en los que yazgo aquí, relegado al olvido para todos.

Desconozco que te impulsó en realidad a proceder así, y aunque en antiguas noches de insomnio analicé hasta la locura las pautas de tu comportamiento, he renunciado finalmente a juzgarte. Pensar en ti como en mi verdugo alimenta un odio insano que multiplica mi dolor. Considerarte un inconsciente, un frívolo, hace de ti no un ser cruel, sino un hombre mezquino más digno de desprecio que de odio.

Pero como estas cavilaciones no valen de nada, hace tiempo que no pongo empeño en descifrar tu conducta, por lo que el olvido ha ido disolviendo tenazmente lo ocurrido.

Duele aún la herida, Y supura y hiede. Y hay noches en que desgarro el aire con mi desesperación. Pero puedo ir a cazar y en esta isla que me acoge como una tumba diferida, aún me asombra cada puesta de sol igual que cada amanecer.

Y después del tiempo pasado, ahora tu mera presencia alimenta mi rabia. Y me enferma ver cómo has abusado de la confianza de este muchacho y me indispone a escuchar ningún pacto que vengas a ofrecerme. ¿Qué me importan ya tu Troya y tus promesas?. Puedes volverte y pudrirte tú ahí, con tus cóncavas naves. Pero si en tu corazón quedara una pizca de la compasión que exhiben tus palabras, dejarías que Neoptólemo se hiciera cargo de mí y me dejara volver al fin a la tierra de mis padres, donde pueda morir en paz.

Entonces, sólo entonces, cuando llegue la negra hora, dejaré que él, el mejor de los griegos que he conocido, coja el arco de Heracles, y si aún es necesario y él lo quiere, que vuelva a Troya con el preciado talismán, para que vengue, flecha por flecha, la muerte de su padre.

sábado, septiembre 06, 2008

Ítaca puede esperar.



Apenas había salido la Aurora, nos dispusimos a aparejar las naves con el corazón sobrecogido aún por haber vuelto del reino de Hades, al que entregamos el cuerpo de nuestro compañero Elpénor. Sin embargo, la brisa nos era favorable y Odiseo parecía poseído por una extraña obstinación. Nos dio órdenes claras, siguiendo los consejos de aquella Circe, pese a que sus hombres, todos marineros expertos, le pedíamos que buscara la ruta más corta para volver por fin a casa.
Ignorando las murmuraciones, me indicó meticulosamente cómo habría de proceder. Y realmente sus palabras habrían parecido las de un loco, pero era el mismo loco que nos había llevado a las puertas del infierno y había regresado sano y salvo. Sin embargo, quien emprende tales viajes no es posible que vuelva a ser el mismo. Obedecí confiando una vez más en su talento, y dispuse los cabos, ablandé la cera y la distribuí a los hombres, que de mala gana se taparon los oídos para mirar atónitos cómo ataba a nuestro rey en el mastil, como si fuera un ser peligroso para si mismo y para los demás.
El habernos vuelto sordos nos dificultaba mucho la navegación porque la brisa se había echado y era imposible imprimir un ritmo unísono a nuestros remos. De pronto el cielo se oscureció con una bandada de pájaros que nunca supimos de dónde venían. Las molestas aves volvían una y otra vez sobre nuestro barco, invadían la cubierta y revoleteaban girando en torno a Odiseo. Su rostro se había transfigurado, absorto, como si su mente fuera a salir de su cuerpo detrás de los pájaros.
Mientras tanto, los hombres y yo hacíamos nuestro trabajo penosamente, pero conseguimos ir dejando atrás aquellas aves de perdición, mientras Odiseo con el rostro desencajado parecía querer darme nuevas órdenes que yo no podía oír.

Cuando las perdimos de vista, lo solté tal como me había indicado, y quité la cera de mis oídos. Él no paraba de preguntar una y otra vez si las había visto, y si no me parecían maravillosas. Yo respuse la verdad: eran un enjambre de pájaros molestos de aire carroñero, con labios en vez de picos y cabellos dorados en vez de plumas; que sus graznidos agudos casi habían taladrado mis tapones y que me parecía que a él le había sumido en un trance extraño y pavoroso.
Él me miraba incrédulo y pedía volver, virar el barco y buscarlas más allá del horizonte. Su único deseo era volver a oír el cantar de las Sirenas, Ítaca podía esperar.
-Señor, le pregunté, ¿qué canto es ese tan prodigioso?
Y me respondió con el rostro cansado de quien ve alejarse la plenitud de su vida.
-A mí me cantan, Euríloco, a mi vigor en Troya, a mi ingenio en la lucha y en la mar, y a la vida inmortal que me darán con sus cantos.
Mantuvimos el rumbo, sin embargo, para enfrentarnos a nuevos peligros con la esperanza de volver a nuestras casas a pasar en paz los años de vida que nos quedaran.

Recreación del pasaje de las Sirenas del canto XII de la Odisea
Foto - Ulises de Pedro Rodríguez, (c)

viernes, agosto 22, 2008

Persephone

-"Siempre estarás en mi pensamiento". Recuerdo que cuando te oí decir eso me estremecí. Supe entonces por primera vez que estaba muerta. A los muertos los llevamos en el pensamiento, mientras nuestros corazones hacen sitio a los vivos.

Esta certeza fue un dolor físico, hiriente, amargo que se quedó conmigo mientras se seguía todo el ritual, tal como ha de cumplirse. Pagué al barquero con la moneda que habías puesto en mi boca, cuando yo habría creído revivir con un beso que buscara nuevamente mi lengua contra la tuya.

Y así me quedé en este mundo al que nadie quiere venir. Y para soportar el dolor que se agolpaba en mi boca, bebí el agua del olvido que en un instante secó mi corazón.

Podría haber vivido un olvido interminable, pero un día supe que habías llegado tú. No habías muerto ni habías pasado por todo aquello que está establecido. Estabas en carne y hueso ante Perséfone, hechizándola, como solías, hasta el llanto. Miré tu rostro y lo reconocí vagamente. Cogiste mi mano y me hiciste ir por un camino estrecho.

Al salir a la luz del sol mis ojos se cegaron y me cubrí la cara. Al notar que me soltaba te volviste a mirarme y en ese instante yo me desvanecí.

Volví al trono de Persefone y le pregunté quién eras y qué querías.
-"Es Orfeo y ha venido hasta el Hades por ti. ¿No lo recuerdas?"

Recuerdo una música y alguna de sus palabras, y ahora recuerdo su mano en la mía.
Podría volver a beber el agua del Leteo, pero entonces olvidaría del todo ese "tú" que me acompaña siempre.

martes, abril 29, 2008

Fedra desvelada

La noche prolonga el sofocante ambiente del día, sin dar tregua a nuestros cuerpos para que se entreguen al sueño.
No sé cuanto tiempo llevamos así, con este aire tórrido que recuerda veranos en Creta, cuando todavía no sabíamos nada ni de caballos, ni de murallas.
En estas noches interminables maldigo el día que llegamos a Trecén, para verte languidecer en tus mejores años, consumida por una fiebre que no me quieres explicar.

No sé si deliras, si hablas en sueños, si quieres decirme un secreto inexplicable. Cuando el sol se pone y las criadas han baldeado el patio sacamos las sillas al fresco de la noche, para entreternos contando cuentos, mientras los hombres vuelven fatigados de las tareas del campo que resultan asfixiantes bajo este calor que todo lo quema.
Y veo que sigues con los ojos a los que vienen a caballo, que buscas y callas.

Y pasan días y más días y no hay quien te haga comer, como no hay tampoco agua para calmar tu sed. Ni hablas, ni te paras quieta, vas de tu cuarto al patio, vuelves y te acuestas, quieres levantarte y me dices que deseas salir, pero no tienes valor para vestirte. Y por mucho que indague no veo qué enfermedad te acerca tanto a la locura.

Ni médicos, ni sanadores ni adivinas quieres que te ayuden y dices que tu mal tú sola lo entiendes. Pero no es sólo tu mal, es que yo ya no sé respirar sino por tu boca, y unas veces te hablo como si fuera tu madre para recordarte tus deberes para la casa de Teseo, para con tus hijos. Otras veces te halago, te hago fiestas, busco tu risa y me miras entonces con una ternura impotente. A veces temo que llegue tu marido y te encuentre así y crea que alguien te ha aojado, o que le ocultas algo innombrable, o que simplemente quieres dejarte morir.

Y si conoces tan bien el origen de este mal, por qué no me lo nombras, que yo lo callaré. Quién si no yo puede ser tu confidente.
Y si no te sale la voz entre los labios, por qué al menos no lo señalas de alguna forma que pueda entender.

Cada tarde, cada noche de insomnio te hago estas mismas súplicas. Hasta que hoy al alba, cuando todos salían a sus obligaciones, te paraste de pronto al escuchar el brioso estrépito de los cascos de su caballo, del nuevo semental que monta sin miedo el bastardo del rey.

Y ahora también yo he perdido el habla, porque he comprendido que en este trance no hay camino que os aparte de la mutua destrucción. Y que no hay palabra ya que pueda salvarte, si no escapa de sus labios.
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Sobre el Hipólito de Eurípides. Un estudio sobre la moralidad en esta obra.