domingo, diciembre 25, 2005

La hija de Edipo

Antígona

No nací para compartir el odio, sino el amor.

Sófocles, Antígona, v.523


Recordaba de su infancia la alegría de su madre, una mujer inesperadamente feliz. Recordaba a un padre entregado a su trabajo, que era su tabla de salvación, del que se sentía orgulloso, pero cuyo reconocimiento buscaba, sin embargo, obsesivamente.
Cuando era niña, la vida parecía sencilla. Las palabras tenían sentido: padre, madre, hermano.
Hasta que llegó la plaga y la vida se fue apagando. La alegría pareció exilarse y su padre inquieto no se permitía dormir ni se atrevía a soñar.
Las risas abiertas cedieron paso a los murmullos, la sombra de una conspiración parecía helar la vida y cuando todo lo indecible salió a la luz, fueron las palabras las primeras víctimas: ya ni padre, ni madre, ni hermano tenían sentido. ¿Quién era Edipo en realidad? Ni padre, ni hermano, sólo un pobre ciego enloquecido de dolor al que había que cuidar.
En el tiempo que acompañó a su padre en el exilio, éste le tocaba la cara con la punta de los dedos y parecía preguntarse quién se casaría con esta princesa de tostadas mejillas y pies curtidos por los caminos.
Antígona aprendió la gravedad de su padre y la alegría que había presidido sus primeros días se acurrucó asustada en algún rincón de su memoria.
Cuando al fin pudo volver a Tebas, no le esperaba en palacio más que su hermana Ismene, que durante años se había negado a hablar. Sus hermanos disputaban la dudosa herencia de un padre maldito. Y en medio de las revueltas nadie escuchaba a Antígona. Y sin embargo ella había hecho tanto caminos, había visto tantos rostros interrogantes que hubiera podido gritarles lo que nadie quería oír.
Cuando los dos hermanos murieron de una manera absurda, Antígona fue a visitar el cuerpo sin vida de un soldado que yacía al borde de un camino. Nadie habría sabido su nombre, si no fuera por los guardianes apostados por orden del nuevo rey, que había decretado dejar insepulto el cuerpo del príncipe que habia atacado la ciudad, el cuerpo de Polinices, hermano de Antígona. Mientras, al otro lado del camino, se celebraban las exequias del héroe Eteocles, que cayó defendiendo las murallas tebanas.
Antígona se acercó y miró el desfigurado rostro del soldado, y limpiando con la mano una cara que le resultaba ajena, le cerró los ojos.
Un soldado la comminó a que se apartara o tendría que arrestarla: ese cuerpo era miasma para la ciudad y no debía mostrarse compasión por él.
Antígona, sin dudarlo respuso "Es mi hermano" y se levantó con la dignidad de una princesa que nunca hubiera pisado más que alfombras regias. Esparció solemnemente polvo del camino para cubrir los miembros del caido, mientras sus lágrimas aliviaban por fin el pesar antiguo que llevaba en el corazón.
Cuando la llevaron ante su tío, el rey Creonte, lo miró como si no lo conociera y enmudeció, mientras Ismene intercedía por ella. Y cuando la dura sentencia se dictó, tembló con una extraña sensación de alivio. ¿Qué sentido tendría par ella una honesta vida matrimonial, si desconocía el significado de la palabra padre, de los valores que tendría que trasmitir? En aquella condena a muerte estaba la clave de su vida. Concebida contra toda norma, inconscientemente, sólo la noche sin final podría calmar el caos que perturbaba su alma, y sólo su muerte podría restablecer las leyes inmutables nunca escritas que dictaron los dioses.

Si quieres saber más sobre la tragedia Antígona de Sófocles y el teatro griego, visita esta página.
Akademos-tragedia y sociedad

domingo, diciembre 11, 2005

Las dudas de Psique


Dicen de Psique que era la más hermosa de tres hermanas, que su misma belleza auyentaba a sus pretendientes y que, al quedarse soltera, sus padres se vieron obligados por un oráculo a abandonarla a la entrada de una cueva en la espesura de un bosque, como quien sacrifica una doncella entregándola a un dragón.
La verdad es que Psique a la vez que bella era despierta y sagaz, y que era el brillo de su inteligencia lo que la hacía diferente a sus hermanas; que si se vio abandonada en el monte no estuvo sola mucho tiempo y que encontró la morada donde habría de ser feliz.
Dice el cuento también que como en "La bella y la bestia", le servían mágicos criados invisibles y de noche un invisible esposo sabía hacerla feliz.
Pero Psique añoraba a sus padres, que la creerían muerta, y antes que verla triste, su enigmático esposo la dejó ir.
¿Quién podía ser tan generoso que dejara partir así a la mujer que amaba? ¿Quién era en realidad ese espírutu oculto que sólo en la oscuridad de la noche parecía hallar forma? Camino de casa de sus padres Psique cavilaba así, de modo que cuando sus hermanas le preguntaron con quién se había casado, ella dijo sencillamente que, aunque le estaba prohibido, había cogido una lámpara y contemplado el bello cuerpo de su esposo dormido. Aunque rabiaban de envida, sus hermanas no consiguieron hacerla dudar y cuando Psique volvió a su casa, encendió una tenue vela en medio de la noche y descubriendo el cuerpo del hombre al que amaba, le llamó entre susurros y con los ojos cerrados no hubo un pliegue de su piel que no besara. Y Eros despierto, vio por fin a Psique desnuda, con los ojos cerrados, pues no necesitaba verlo para amarlo. Y se besaron riendo de que la gente fuera tan tonta que creyesen que se necesitaran ojos para auyentar las dudas.

Una interesante reflexión sobre este mito y su sentido lo encontrarás en: http://www.clinicamente.com.ar/sexualidad/eros.htm

viernes, diciembre 09, 2005

La isla errante

Menuda mierda de isla. Si la juzgabas por la primera impresión... posiblemente te pasara desapercibida, aunque parecíera que ella intentara hacerse notar de todas las maneras posibles. Su aparición, siempre a horas intempestivas en cualquier lugar del horizonte, desconcertaba a los marineros más avezados, mientras que los más jóvenes soñaban con verla llegar una noche de luna en medio de las tranquilas aguas del Egeo.
Sin embargo, Asteria no se consideraba particularmente interesante. Ella había sido la primera desconcertada ante las circunstancias que la habían empujado literalmente a echarse al mar, como una estrella fugaz. Pero dado que su destino era no tener patria, ni raices, ni familia, procuraba al menos disfrutar de la libertad que su soledad, ancha como los límites del mar, le proporcionaba.
Así pues, no jugaba a confundir a los marineros, no pretendía alterar los mapas, simplemente se dejaba llevar por un grupo de delfines que supiera contarle la historia de Dioniso y los piratas, o seguía a una bandada de gaviotas que le condujeran al lugar exacto donde las sirenas enloquecen al insensato que les prestara oídos.
Si Zeus contemplaba desde el Olimpo a la que quiso de amante y le preocupaba el destino de la chiquilla convertida en roca, no lo sabemos, pero que con su digna actitud se había ganado ella sola el respeto de Hera, es bien conocido. Seguramente Zeus estaba más preocupado por su nueva amante, que buscaba un sitio que la acogiera para poder parir sus hijos divinos. Y aunque la tradición diga que los distintos lugares la rechazaban por miedo de la venganza de Hera, quizá les detenía el temor a la reacción de los niños inmortales ante la que habría de ser su patria chica.
Solo Asteria se detuvo a escuchar la petición de Leto, y sin juzgar a quien le reemplazara en los deseos de Zeus, se plató en medio del mar, la acogió y mientras Leto se debatía en los trabajos del parto, abrazada a una escuálida palmera, fue la primera en oir la voz del dios aún no nacido: "¡Páreme aquí, madre!"
Elegida por Apolo, Asteria pasó de isla flotante a ser el centro mismo del Egeo; el suelo que acogió a los gemelos empezó a brillar y la isla se llama desde entonces Delos, transfigurada de astro en luminaria, en la más sagrada de las tierras, donde no es lícito ni nacer ni morir.

Basado con total libertad en el Himno a Delos de Calímaco.

viernes, noviembre 18, 2005

El tiempo esférico

Los mitos son la historia antes de la escritura, cuando la memoria era la medida del tiempo y el dia sucedía a la noche, como al alba la mañana. Y la historia del hombre se construía en la narración misma con forma de anillo.
Cuando los hombres apendieron a dotar de voz inaudible los signos que trazaban en la piedra, crearon el tiempo lineal. Poco a poco en todo había un delante y un detrás, un antes y un después, y así lo que era devenir, tiempo circular, se convirtió en la quimera del porvenir.

En este tiempo nuestro en el que estamos inventado nuevas maneras sobre las que construir nuestro conocimiento, en el que hiperescribimos y enlazamos lo que parece disperso, ¿cómo se cuenta un mito?
En la intimidad de la noche, ante nuestras soledades hipervinculadas, seguimos como siempre enfrentándonos a nuestros miedos y añorando las estrellas que tiemblan al compás de nuestros inciertos pensamientos.
Y por eso Ariadna desgrana uno a uno los viejos mitos, sabiendo que alguien los recogerá y volverá a contarlos, lanzándolos como una pelota a una red que empalma los fragmentos aislados, en la que nuestras propias vidas son simplemente partes fugaces del tiempo esférico.

sábado, noviembre 05, 2005

Funerales de Patroclo

Compañero: Persona que corre una misma suerte que otra.
Aquella noche las troyanas habían acostado temprano a sus hijos y se habían abrazado a sus hombres, sin que pudieran descansar sus cuerpos. Con los ojos abiertos, vigilaban el alba en el que el brillo de la pira griega levantaría el grito de humo que no podía escapar de la garganta de Aquiles.
Aquella noche las troyanas habrían tenido que velar el cadáver de Héctor y preparar su hoguera sagrada. Pero el cuerpo ausente servía de obsequio a otro cadáver, como si un muerto reclamara a otro muerto.
Era una guerra larga. Ya nadie contaba cuántos muertos habían caido, solo sabían que Troya era una ratonera de las que pocos escaparían ilesos.
Y mientras tanto Aquiles se abandona a su dolor. Ha cumplido las promesas que le hizo a Patroclo muerto -todas menos una- cuando abrazaba su cuerpo y ni la más perfecta armadura le convocaba al campo de batalla, pues se torturaba imaginando que, si dejaba a su amigo, las moscas acudirían a sus heridas y precipitarían el trabajo que el tiempo hace tan bien cuando no respiramos.
Cada herida era para Aquiles el testimonio de su secreta traición. ¿De qué le servía ser siempre el mejor y destacar por encima de los demás, si no había podido proteger lo que más quería? La muerte que mordió a Patroclo varias veces buscaba en realidad a Aquiles, que después de arengar a sus mirmidones, se había quedado junto a los barcos porque su orgullo herido le mandaba no volver a luchar, si no obtenía de Agamenón la reparación de su honra.
Y la cólera de Aquiles se había vuelto contra él, porque había antepuesto su digna obligación al deseo de luchar junto a sus hombres.
Abrazado a Patroclo, sólo el plan de vengar su muerte había podido mitigar el desgarro que soportaba su alma. Y ahora que Héctor yacía junto a la pira, Aquiles pensaba en la promesa que aún le quedaba por cumplir.
Al otro día en la batalla una flecha certera perforará su talón y las cenizas del héroe se mezclarán con las de Patroclo, pues lucharon nueve años codo a codo ante los muros de Troya y al décimo desfallecieron.

domingo, octubre 30, 2005

Un olivo de Ítaca

Cuando Odiseo tenía veinte años e iba a casarse, acotó una parcela de terreno, la limpió de piedras y arrancó los matorrales. Pero dejó intacto un bello olivo, árbol de Atenea, la diosa pensativa y a su alrededor construyó una casa para Penélope y convirtió el olivo protector en el lecho de la joven pareja.
Como todos sabemos, pasaron veinte años de ausencia y Penélope, precavida, sensata, incluso fiel aprendió sola a gobernar el palacio y la isla. Por las noches el olivo - sus raices no se habían secado- velaba su sueño y Atenea virginal aguardaba con ella.
Y llegó el día. Odiseo, que tantas pruebas había pasado, llegó por fin a Ítaca. Sólo traía unas manos que se habían asido a tantos remos, una mirada de naúfrago, un olor a sal. Y Homero nos cuenta con qué tenacidad derrota a los zánganos Pretendientes, castiga a traidores y reconocido ya por los suyos, va a los aposentos de las mujeres, mientras en el patio todos cantan.
Penélope en persona le prepara el baño, y el olor a mar se desvanece porque Atenea ha dispuesto para él el aceite de Afrodita, que vuelve flexibles los cuerpos cansados. Y Odiseo está por fin ante Penélope, pero ella duda aún. Y astuta como es- de quién si no aprendió Odiseo - da órdenes de que se disponga un nuevo lecho en la que fue su cámara nupcial. Sorprendido Odiseo pregunta temblando cómo es posible, quién ha osado arrancar el árbol venerable, y al conjuro de esa frase, Penélope corre a sus brazos y le llena de besos. Él es verdaderamente su esposo, pues conoce el valor de los objetos íntimos que sólo ellos nombran. Y se abrazan entre lágrimas porque han pasado ya veinte o más años y los dioses no han permitido que gocen de su preciada juventud, y sus cuerpos maduros se reencuentran y se aprenden como si fueran amantes nuevos, mientras Atenea celestina detiene la noche. Y en el patio la gente canta y celebra sin saber las nuevas bodas que preside un olivo.

miércoles, octubre 19, 2005

Minotauro


¿Quién conoce al Minotauro?
Borges le llama Asterion y los mostruos son otros.
Picasso domestica al monstruo, que a partir de su obra será más humano que bestia...

Prodigioso ser, único y extraño, en su arropada soledad de piedra sueña.

sábado, octubre 15, 2005

Poder de Midas

En realidad lo de Midas no empezó de repente. Sucedio poco a poco. Un buen día fue una rosa y un poco avergonzado la escondió en palacio. Otro día fue una corona de mirto, que transformada ofrendó a los dioses.
En un banquete una vez quiso coger las uvas y la mesilla sobre la que se servían resplandeció a sus dedos. Cada día era un poco más difícil controlar su poder. Transformaba cualquier cosa: una mariposa, un pan, un libro un reloj de arena. Dejó de dormir por miedo de que en sueños tocara algo que al despertar encontrara a su lado como inerte objeto onírico.
Si se le hubiese dado también el don contrario de desandar el cambio, habrían vuelto a la vida la flor, la mariposa, el gorrión descuidado, pero obstinadamente sus manos, más y más poderosas, tocaban y trocaban el valor de cuanto tenía más cerca.
Haciendo un gran esfuerzo podía concentrarse y pensar en otra cosa y conseguía así esquivar el encantamiento, pero cierto día, después del sacrificio de la res en el templo, cuando el humo sagrado se elevaba derecho, alargó el brazo, cogió su parte del convite, y murmurando plegarias para auyentar el pensamiento que en realidad era hijo de su propio deseo, mordió la carne y la grasa, que olía a tomillo y fuego, resbaló por un dedo que descuidadamente se pasó por el labio.
Y así Midas quedó transformado él también por el irrefrenable poder que los dioses le habían concedido.
Lo que no consigo recordar es si Midas convertía cuanto tocaba en oro, en piedra, en polvo, en humo, en nada.

viernes, octubre 07, 2005


Apolo hace libaciones a las puertas de su templo en Delfos donde se mezcla la serena moderación de su mandato ("conócete a ti mismo") con el delirio de su sacerdotisa en contacto con las entrañas mismas de la Tierra.

Este blog crece a la sombra de un ciprés de Delfos, en la ladera del Parnaso, y por ello su autora se permite reelaborar los mitos. Los que busquen versiones "clásicas" pueden ir a otras páginas de mitología. Aquí simplemente deliramos todos con el dios de la sobriedad.

Manzanas de Hesperia

No tuvo suerte la niña, por niña, al nacer, y su padre, que tantos bastardos había tenido, la expuso en el bosque. O quizá sí fue afortunada y sobrevivió al abandono y se dedicó a una vida fuera de la ciudad, donde cazadores o centauros aprendieron a respetarla. Deseaba ser libre, y eso quería decir ser virgen. Pero sabía que no podía elegir y hacía valer su derecho con una cruel competición. Quien quisiera alcanzarla tendría que vencerla en la carrera o su certera lanza le atravesaría el pecho.
Sin embargo un día una dorada manzana del mismísimo jardín de las Herpérides la hizo titubear. Aunque de oro, exhalaba el dulzón olor de la guayaba o del jazmín o del magnolio. Al recoger la segunda manzana descubrió la mirada de Hipómenes, que penetraba por su escote, y a la tercera, con las rodillas ya temblando y un sudor frío por la espalda, invocando a Afrodita, se detuvo. Decidió detenerse. Y esperó con los ojos cerrados a que Hipómenes la abrazara.
No tuvieron tiempo de elegir y su amor en el inviolable recinto de Ártemis los convirtió en leones. Creían los dioses que así les impedían volver a unirse, pues pensaban que la cópula del león sólo era soportable para leopardos, y sin embargo, cuando no tienen que arrastrar el pesado carro de Cibeles, no hay bosque que pueda ahogar su pasión.

Metamorfosis

Entonces sólo me queda
admirar los prodigios cercanos:
la luna imperfecta, la atrevida
geometría de los planetas,
tocar el sol en una piedra ardiente,
contemplar, por ejemplo,
tus manos en aquella agitada palmera
o mi cintura en un lejano laurel.

domingo, septiembre 04, 2005

Sopa de letras

Como todo clasicista, yo también me inicio por el proceloso mar de combinar letras griegas y alfabeto latino en el mismo documento, pretendiendo que su visualización sean universal para que el tesoro de las letras griegas (en su sentido amplio), supere el duro eslabón de un nuevo hito en la dificultosa historia milenaria ya de la trasmisión.
Animada del valor que Atenea infunde, me hago con un XP que, supuestamente me facilitaría las cosas (jejeje, aquellos tiempos en que con MacIntosh me hacía la tesina, escribí un libro de texto, etc. mientras mis compañeros seguían con la chuleta de las funciones... ¿debería volver a Mac.?) Allá vamos:

έγώ;
Y solo veo cuadraditos donde tendría que tener signos compuestos (letras + diacríticos).
Y ahora qué hago?.
Prometo que si resuelvo el misterio lo propagaré a los cuatro vientos. Por Eolo.

jueves, julio 14, 2005

Arrorró para Zeus

Todo tiene su principio y su final. Hasta los inmortales nacieron un día y por eso saben que no son eternos. Los dioses no mueren, sólo acaban.
Cuando Zeus era chiquito corría grave peligro. Su padre, que barruntaba su nacimiento, andaba buscándolo por todas partes, pues su madre no le había presentado esta vez al bebé que paría con pasmosa regularidad. ¿O es que tras cinco partos se estaba volviendo una vieja reseca que sólo podía darle ese montón de piedras envuelto en pañales?
Sin el calor de sus divinos progenitores, el futuro padre de dioses y hombres se criaba en una oculta cueva sin más compañía que una cabra y un grupo de niñeros inexpertos. Tan secreta era esa cueva que aún hoy día los eruditos discuten si se encontraba en la Arcadia o en Creta, y ni la moderna arqueología ha podido localizar con certeza tan sagrado lugar.
Ante los frecuentes llantos del nene, los Curetes, que así se llamaban sus cuidadores, hacían lo que mejor sabían hacer. Cantaban y bailaban sin cesar una danza guerrera al son de sus armas de bronce, en la esperanza de que, si incomprensiblemente no conseguían apaciguar el llanto del bebé, al menos el caníbal de su padre no lo oyera y sospechase.
Los coribantes trabajaron incesantemente, sin saber que lo que el niño quería era dormir como un bendito, agarrado a la cálidad teta de Amaltea.
Cuando Zeus creció, cumplió con el deber que las dueñas del destino le impusieron: mató a su padre y lanzó sus genitales al mar, cerca de Chipre. Después de consolidar su poder como nuevo soberano de los dioses, se dedicó a buscar por los mundos mortales y divinos la compañia redonda y cálida de unos pechos como los de Amaltea, pero siempre que estaba a punto de enamorarse, esta vez para siempre, resonaban en su cerebro las danzas de los coribantes y no le quedaba más remedio que salir corriendo a apagar sus gritos.

miércoles, julio 06, 2005

En la intimidad del laberinto

En la intimidad del laberinto el Minotauro esperaba siempre. Entre los plieges que le obligaban a una noche eterna, debía brillar excitante la antorcha de los que le eran entregados. Y él que no entendía la luz, que nunca se había visto, no conocía más que la desesperación que se saciaba en los cuerpos. Ni crueldad ni ternura tenían sentido para él. Su vida esteril se cerraba en un círculo hecho de cuatro paderes retorcidas. ¿Qué mente maléfica pudo inventar semejante tortura?
Ariadna quería que Teseo llegase hasta él. Quizá que volviera con él. Ella le acompaña en forma de hilo, flexible que no frágil, largo como la esperanza verdadera, leve e irrompible. Con ese hilo identifican su vínculo con la vida. Teseo, matador de monstruos pende de un hilo. Si éste se rompe, aunque matara al Minotauro, se transformaría en su sucesor. Príncipe ambiguo que seduce, mata y abandona, Teseo dejó el hilo a las puertas del laberinto. Naxos fue casi un descuido.
Pero Dioniso ha de venir.