viernes, octubre 07, 2005

Manzanas de Hesperia

No tuvo suerte la niña, por niña, al nacer, y su padre, que tantos bastardos había tenido, la expuso en el bosque. O quizá sí fue afortunada y sobrevivió al abandono y se dedicó a una vida fuera de la ciudad, donde cazadores o centauros aprendieron a respetarla. Deseaba ser libre, y eso quería decir ser virgen. Pero sabía que no podía elegir y hacía valer su derecho con una cruel competición. Quien quisiera alcanzarla tendría que vencerla en la carrera o su certera lanza le atravesaría el pecho.
Sin embargo un día una dorada manzana del mismísimo jardín de las Herpérides la hizo titubear. Aunque de oro, exhalaba el dulzón olor de la guayaba o del jazmín o del magnolio. Al recoger la segunda manzana descubrió la mirada de Hipómenes, que penetraba por su escote, y a la tercera, con las rodillas ya temblando y un sudor frío por la espalda, invocando a Afrodita, se detuvo. Decidió detenerse. Y esperó con los ojos cerrados a que Hipómenes la abrazara.
No tuvieron tiempo de elegir y su amor en el inviolable recinto de Ártemis los convirtió en leones. Creían los dioses que así les impedían volver a unirse, pues pensaban que la cópula del león sólo era soportable para leopardos, y sin embargo, cuando no tienen que arrastrar el pesado carro de Cibeles, no hay bosque que pueda ahogar su pasión.

1 comentario:

luna dijo...

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