viernes, diciembre 09, 2005

La isla errante

Menuda mierda de isla. Si la juzgabas por la primera impresión... posiblemente te pasara desapercibida, aunque parecíera que ella intentara hacerse notar de todas las maneras posibles. Su aparición, siempre a horas intempestivas en cualquier lugar del horizonte, desconcertaba a los marineros más avezados, mientras que los más jóvenes soñaban con verla llegar una noche de luna en medio de las tranquilas aguas del Egeo.
Sin embargo, Asteria no se consideraba particularmente interesante. Ella había sido la primera desconcertada ante las circunstancias que la habían empujado literalmente a echarse al mar, como una estrella fugaz. Pero dado que su destino era no tener patria, ni raices, ni familia, procuraba al menos disfrutar de la libertad que su soledad, ancha como los límites del mar, le proporcionaba.
Así pues, no jugaba a confundir a los marineros, no pretendía alterar los mapas, simplemente se dejaba llevar por un grupo de delfines que supiera contarle la historia de Dioniso y los piratas, o seguía a una bandada de gaviotas que le condujeran al lugar exacto donde las sirenas enloquecen al insensato que les prestara oídos.
Si Zeus contemplaba desde el Olimpo a la que quiso de amante y le preocupaba el destino de la chiquilla convertida en roca, no lo sabemos, pero que con su digna actitud se había ganado ella sola el respeto de Hera, es bien conocido. Seguramente Zeus estaba más preocupado por su nueva amante, que buscaba un sitio que la acogiera para poder parir sus hijos divinos. Y aunque la tradición diga que los distintos lugares la rechazaban por miedo de la venganza de Hera, quizá les detenía el temor a la reacción de los niños inmortales ante la que habría de ser su patria chica.
Solo Asteria se detuvo a escuchar la petición de Leto, y sin juzgar a quien le reemplazara en los deseos de Zeus, se plató en medio del mar, la acogió y mientras Leto se debatía en los trabajos del parto, abrazada a una escuálida palmera, fue la primera en oir la voz del dios aún no nacido: "¡Páreme aquí, madre!"
Elegida por Apolo, Asteria pasó de isla flotante a ser el centro mismo del Egeo; el suelo que acogió a los gemelos empezó a brillar y la isla se llama desde entonces Delos, transfigurada de astro en luminaria, en la más sagrada de las tierras, donde no es lícito ni nacer ni morir.

Basado con total libertad en el Himno a Delos de Calímaco.

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