jueves, julio 14, 2005

Arrorró para Zeus

Todo tiene su principio y su final. Hasta los inmortales nacieron un día y por eso saben que no son eternos. Los dioses no mueren, sólo acaban.
Cuando Zeus era chiquito corría grave peligro. Su padre, que barruntaba su nacimiento, andaba buscándolo por todas partes, pues su madre no le había presentado esta vez al bebé que paría con pasmosa regularidad. ¿O es que tras cinco partos se estaba volviendo una vieja reseca que sólo podía darle ese montón de piedras envuelto en pañales?
Sin el calor de sus divinos progenitores, el futuro padre de dioses y hombres se criaba en una oculta cueva sin más compañía que una cabra y un grupo de niñeros inexpertos. Tan secreta era esa cueva que aún hoy día los eruditos discuten si se encontraba en la Arcadia o en Creta, y ni la moderna arqueología ha podido localizar con certeza tan sagrado lugar.
Ante los frecuentes llantos del nene, los Curetes, que así se llamaban sus cuidadores, hacían lo que mejor sabían hacer. Cantaban y bailaban sin cesar una danza guerrera al son de sus armas de bronce, en la esperanza de que, si incomprensiblemente no conseguían apaciguar el llanto del bebé, al menos el caníbal de su padre no lo oyera y sospechase.
Los coribantes trabajaron incesantemente, sin saber que lo que el niño quería era dormir como un bendito, agarrado a la cálidad teta de Amaltea.
Cuando Zeus creció, cumplió con el deber que las dueñas del destino le impusieron: mató a su padre y lanzó sus genitales al mar, cerca de Chipre. Después de consolidar su poder como nuevo soberano de los dioses, se dedicó a buscar por los mundos mortales y divinos la compañia redonda y cálida de unos pechos como los de Amaltea, pero siempre que estaba a punto de enamorarse, esta vez para siempre, resonaban en su cerebro las danzas de los coribantes y no le quedaba más remedio que salir corriendo a apagar sus gritos.

miércoles, julio 06, 2005

En la intimidad del laberinto

En la intimidad del laberinto el Minotauro esperaba siempre. Entre los plieges que le obligaban a una noche eterna, debía brillar excitante la antorcha de los que le eran entregados. Y él que no entendía la luz, que nunca se había visto, no conocía más que la desesperación que se saciaba en los cuerpos. Ni crueldad ni ternura tenían sentido para él. Su vida esteril se cerraba en un círculo hecho de cuatro paderes retorcidas. ¿Qué mente maléfica pudo inventar semejante tortura?
Ariadna quería que Teseo llegase hasta él. Quizá que volviera con él. Ella le acompaña en forma de hilo, flexible que no frágil, largo como la esperanza verdadera, leve e irrompible. Con ese hilo identifican su vínculo con la vida. Teseo, matador de monstruos pende de un hilo. Si éste se rompe, aunque matara al Minotauro, se transformaría en su sucesor. Príncipe ambiguo que seduce, mata y abandona, Teseo dejó el hilo a las puertas del laberinto. Naxos fue casi un descuido.
Pero Dioniso ha de venir.