domingo, octubre 30, 2005

Un olivo de Ítaca

Cuando Odiseo tenía veinte años e iba a casarse, acotó una parcela de terreno, la limpió de piedras y arrancó los matorrales. Pero dejó intacto un bello olivo, árbol de Atenea, la diosa pensativa y a su alrededor construyó una casa para Penélope y convirtió el olivo protector en el lecho de la joven pareja.
Como todos sabemos, pasaron veinte años de ausencia y Penélope, precavida, sensata, incluso fiel aprendió sola a gobernar el palacio y la isla. Por las noches el olivo - sus raices no se habían secado- velaba su sueño y Atenea virginal aguardaba con ella.
Y llegó el día. Odiseo, que tantas pruebas había pasado, llegó por fin a Ítaca. Sólo traía unas manos que se habían asido a tantos remos, una mirada de naúfrago, un olor a sal. Y Homero nos cuenta con qué tenacidad derrota a los zánganos Pretendientes, castiga a traidores y reconocido ya por los suyos, va a los aposentos de las mujeres, mientras en el patio todos cantan.
Penélope en persona le prepara el baño, y el olor a mar se desvanece porque Atenea ha dispuesto para él el aceite de Afrodita, que vuelve flexibles los cuerpos cansados. Y Odiseo está por fin ante Penélope, pero ella duda aún. Y astuta como es- de quién si no aprendió Odiseo - da órdenes de que se disponga un nuevo lecho en la que fue su cámara nupcial. Sorprendido Odiseo pregunta temblando cómo es posible, quién ha osado arrancar el árbol venerable, y al conjuro de esa frase, Penélope corre a sus brazos y le llena de besos. Él es verdaderamente su esposo, pues conoce el valor de los objetos íntimos que sólo ellos nombran. Y se abrazan entre lágrimas porque han pasado ya veinte o más años y los dioses no han permitido que gocen de su preciada juventud, y sus cuerpos maduros se reencuentran y se aprenden como si fueran amantes nuevos, mientras Atenea celestina detiene la noche. Y en el patio la gente canta y celebra sin saber las nuevas bodas que preside un olivo.

miércoles, octubre 19, 2005

Minotauro


¿Quién conoce al Minotauro?
Borges le llama Asterion y los mostruos son otros.
Picasso domestica al monstruo, que a partir de su obra será más humano que bestia...

Prodigioso ser, único y extraño, en su arropada soledad de piedra sueña.

sábado, octubre 15, 2005

Poder de Midas

En realidad lo de Midas no empezó de repente. Sucedio poco a poco. Un buen día fue una rosa y un poco avergonzado la escondió en palacio. Otro día fue una corona de mirto, que transformada ofrendó a los dioses.
En un banquete una vez quiso coger las uvas y la mesilla sobre la que se servían resplandeció a sus dedos. Cada día era un poco más difícil controlar su poder. Transformaba cualquier cosa: una mariposa, un pan, un libro un reloj de arena. Dejó de dormir por miedo de que en sueños tocara algo que al despertar encontrara a su lado como inerte objeto onírico.
Si se le hubiese dado también el don contrario de desandar el cambio, habrían vuelto a la vida la flor, la mariposa, el gorrión descuidado, pero obstinadamente sus manos, más y más poderosas, tocaban y trocaban el valor de cuanto tenía más cerca.
Haciendo un gran esfuerzo podía concentrarse y pensar en otra cosa y conseguía así esquivar el encantamiento, pero cierto día, después del sacrificio de la res en el templo, cuando el humo sagrado se elevaba derecho, alargó el brazo, cogió su parte del convite, y murmurando plegarias para auyentar el pensamiento que en realidad era hijo de su propio deseo, mordió la carne y la grasa, que olía a tomillo y fuego, resbaló por un dedo que descuidadamente se pasó por el labio.
Y así Midas quedó transformado él también por el irrefrenable poder que los dioses le habían concedido.
Lo que no consigo recordar es si Midas convertía cuanto tocaba en oro, en piedra, en polvo, en humo, en nada.

viernes, octubre 07, 2005


Apolo hace libaciones a las puertas de su templo en Delfos donde se mezcla la serena moderación de su mandato ("conócete a ti mismo") con el delirio de su sacerdotisa en contacto con las entrañas mismas de la Tierra.

Este blog crece a la sombra de un ciprés de Delfos, en la ladera del Parnaso, y por ello su autora se permite reelaborar los mitos. Los que busquen versiones "clásicas" pueden ir a otras páginas de mitología. Aquí simplemente deliramos todos con el dios de la sobriedad.

Manzanas de Hesperia

No tuvo suerte la niña, por niña, al nacer, y su padre, que tantos bastardos había tenido, la expuso en el bosque. O quizá sí fue afortunada y sobrevivió al abandono y se dedicó a una vida fuera de la ciudad, donde cazadores o centauros aprendieron a respetarla. Deseaba ser libre, y eso quería decir ser virgen. Pero sabía que no podía elegir y hacía valer su derecho con una cruel competición. Quien quisiera alcanzarla tendría que vencerla en la carrera o su certera lanza le atravesaría el pecho.
Sin embargo un día una dorada manzana del mismísimo jardín de las Herpérides la hizo titubear. Aunque de oro, exhalaba el dulzón olor de la guayaba o del jazmín o del magnolio. Al recoger la segunda manzana descubrió la mirada de Hipómenes, que penetraba por su escote, y a la tercera, con las rodillas ya temblando y un sudor frío por la espalda, invocando a Afrodita, se detuvo. Decidió detenerse. Y esperó con los ojos cerrados a que Hipómenes la abrazara.
No tuvieron tiempo de elegir y su amor en el inviolable recinto de Ártemis los convirtió en leones. Creían los dioses que así les impedían volver a unirse, pues pensaban que la cópula del león sólo era soportable para leopardos, y sin embargo, cuando no tienen que arrastrar el pesado carro de Cibeles, no hay bosque que pueda ahogar su pasión.

Metamorfosis

Entonces sólo me queda
admirar los prodigios cercanos:
la luna imperfecta, la atrevida
geometría de los planetas,
tocar el sol en una piedra ardiente,
contemplar, por ejemplo,
tus manos en aquella agitada palmera
o mi cintura en un lejano laurel.