viernes, noviembre 18, 2005

El tiempo esférico

Los mitos son la historia antes de la escritura, cuando la memoria era la medida del tiempo y el dia sucedía a la noche, como al alba la mañana. Y la historia del hombre se construía en la narración misma con forma de anillo.
Cuando los hombres apendieron a dotar de voz inaudible los signos que trazaban en la piedra, crearon el tiempo lineal. Poco a poco en todo había un delante y un detrás, un antes y un después, y así lo que era devenir, tiempo circular, se convirtió en la quimera del porvenir.

En este tiempo nuestro en el que estamos inventado nuevas maneras sobre las que construir nuestro conocimiento, en el que hiperescribimos y enlazamos lo que parece disperso, ¿cómo se cuenta un mito?
En la intimidad de la noche, ante nuestras soledades hipervinculadas, seguimos como siempre enfrentándonos a nuestros miedos y añorando las estrellas que tiemblan al compás de nuestros inciertos pensamientos.
Y por eso Ariadna desgrana uno a uno los viejos mitos, sabiendo que alguien los recogerá y volverá a contarlos, lanzándolos como una pelota a una red que empalma los fragmentos aislados, en la que nuestras propias vidas son simplemente partes fugaces del tiempo esférico.

sábado, noviembre 05, 2005

Funerales de Patroclo

Compañero: Persona que corre una misma suerte que otra.
Aquella noche las troyanas habían acostado temprano a sus hijos y se habían abrazado a sus hombres, sin que pudieran descansar sus cuerpos. Con los ojos abiertos, vigilaban el alba en el que el brillo de la pira griega levantaría el grito de humo que no podía escapar de la garganta de Aquiles.
Aquella noche las troyanas habrían tenido que velar el cadáver de Héctor y preparar su hoguera sagrada. Pero el cuerpo ausente servía de obsequio a otro cadáver, como si un muerto reclamara a otro muerto.
Era una guerra larga. Ya nadie contaba cuántos muertos habían caido, solo sabían que Troya era una ratonera de las que pocos escaparían ilesos.
Y mientras tanto Aquiles se abandona a su dolor. Ha cumplido las promesas que le hizo a Patroclo muerto -todas menos una- cuando abrazaba su cuerpo y ni la más perfecta armadura le convocaba al campo de batalla, pues se torturaba imaginando que, si dejaba a su amigo, las moscas acudirían a sus heridas y precipitarían el trabajo que el tiempo hace tan bien cuando no respiramos.
Cada herida era para Aquiles el testimonio de su secreta traición. ¿De qué le servía ser siempre el mejor y destacar por encima de los demás, si no había podido proteger lo que más quería? La muerte que mordió a Patroclo varias veces buscaba en realidad a Aquiles, que después de arengar a sus mirmidones, se había quedado junto a los barcos porque su orgullo herido le mandaba no volver a luchar, si no obtenía de Agamenón la reparación de su honra.
Y la cólera de Aquiles se había vuelto contra él, porque había antepuesto su digna obligación al deseo de luchar junto a sus hombres.
Abrazado a Patroclo, sólo el plan de vengar su muerte había podido mitigar el desgarro que soportaba su alma. Y ahora que Héctor yacía junto a la pira, Aquiles pensaba en la promesa que aún le quedaba por cumplir.
Al otro día en la batalla una flecha certera perforará su talón y las cenizas del héroe se mezclarán con las de Patroclo, pues lucharon nueve años codo a codo ante los muros de Troya y al décimo desfallecieron.