lunes, diciembre 18, 2006

Evocación de Delfos


Apolo, a tu templo he venido a decirte
que no sé vivir sin el exceso.
Todo me toca.
Tu epigráfica piedra, tu fuente umbría, la primavera estremecida entre tu roca no me consuelan.
y aquí sin límite en el suelo sagrado de Delfos
me estremezco al aire de la mañana
bajo un ciprés, columna de tu templo perenne.
Viene a buscar tu sabiduría y tal vez arrojé la pregunta equivocada.
Tu respuesta fue el silencio
y retumbó en Sounio y resonó on Olimpia.

miércoles, noviembre 01, 2006

Volver a casa


Llevaba la boca seca, aunque no podía estar segura, pero la sensación más parecida era la de estar durmiendo con la boca seca y el cuerpo demasiado cansado para ir a por agua. Sabía que no había bebido nada desde entonces, porque no quería olvidar. ¿Y, si abría los ojos, despertaría o volvería a la oscuridad, a esa no oscuridad brillante?
Podría intentaba mover la mano, a lo mejor así anunciaría su regreso, pero por más que se esforzaba por saber quién podría estar a su lado no oía nada. Y si estaban los niños se asustarían, pero parecía que no hubiera nadie.
Palpó el borde de la cama y se tranquilizó, porque le pareció que aún estaba en su cuarto. Entonces no era demasiado tarde. Si el regreso se hubiera retrasado no podría recuperar la voz. Carraspeó y la tos seca le alivió. No llevaba nada en la boca, no había pagado a Caronte, no habían culminado los ritos. Pero entonces, ¿por qué la habían dejado sola tan pronto?
Cogió aire y se llenó de la humedad de un día lluvioso de otoño, el aire la acarició por dentro y sus labios sonrieron. Abrió los ojos poco a poco, sin saber si la recibiría el día o la noche y vio que entraba la luz primera del alba, olió la lámpara de aceite que aún brillaba a un lado y reconoció el techo, las paredes. Estaba en casa, era verdad.
Lo primero que pensó fue en tortas de aceite y ajonjolí, en hacer unas para sus hijos, en que había que zurzir la ropa y empezar a preparar las confituras para el invierno. Pero no quería moverse. Se quedó mirando cómo aparecía la luz por la entrada del patio y las sombras y contornos se trasfiguraban. Ser oía fuera el carro de los hombres que iban como cada día a trabajar el campo, su voces roncas sonaban algo apagadas.
¿Podría moverse? ¿Estaría bien de verdad? ¿Dónde estaría él, que habría prometido rescatarla de la misma muerte? Y Admeto... dormiría acaso, habría salido al campo, o estaría buscando a su padre para reprocharle su cobardía.
Quién era él para reprocharle nada a nadie. Sintió una leve opresión en el pecho. Igual que antes había aceptado marcharse, ahora había sido ella la que se había ganado volver. Y él, Heracles, por muchas promesas que hubiera hecho, habría llegado demasiado tarde. No se podía confiar demasiado en Heracles, era bien sabido, su aire de bravucón ocultaban un corazón de oro, algo infantil y asustadizo.
En el patio se escuchaba el canto de algún pájaro, la casa despierta recuperaba su actividad diaria, se oía a las chicas preparando la colada, la masa del pan, las salazones.
Casi no se dio cuenta de que Admeto entraba en la habitación, con el rostro desencajado, y las señales del luto aún visibles. Apenas se movió, sólo posó sus ojos en él. Y él la miró desconcertado y cuando recuperó el habla dijo "Ha sido Heracles, ha sido Heracles". Lo proclamó a gritos y todos los de la casa acudieron temiendo que al señor le hubiera dado un ataque de locura.
Pero ahí estaba ella, Alcestis, con una enigmática sonrisa en la boca, recogiendo apenas un pliegue de su vestido y ofreciendo a su esposo con la mano derecha una roja granada, que acababa de coger al levantarse.
Nadie dijo nada, nadie parecía saber cómo reaccionar, hasta que Heracles irrumpió en la sala y a la mirada ansiosa de Admeto, respondió que sí, que había ido al Hades por Alcestis, pero que la propia Reina desde el trono del más allá la había dejado volver, porque alguien que podía amar así se merecía vencer la misma muerte.

miércoles, octubre 04, 2006

Un náufrago en mi isla

A las claras del día, cuando volvían de faenar, los pescadores dieron con él. Aferrado a lo que fue el mástil de su barco, casi desfallecido, lo llevaron a tierra. Había bebido mucha agua de mar; la piel quemada, el cuerpo helado y la cabeza embotada del vaivén del temporal le impedían decir una palabra inteligible. Sólo al llegar a mi Casa se desmayó al fin, y, como no sabíamos su nombre, por juego, le empezamos a llamar Nadie.

Hicimos que vomitara, le dimos purgantes, y luego le dejamos dormir en la habitación más tranquila. Recuperó las fuerzas con inesperada rapidez y, vestido ya con túnicas, reconfortado por nuestra hospitalidad, el cuerpo del náufrago semejaba ahora el de un rey.

Poco a poco recuperó las ganas de hablar, empezó a deambular por el pueblo, a observar a la gente en sus oficios, a intercambiar saludos.

Una noche en la Casa, después de cenar, pidió vino y tras el primer sorbo – el vino de mi tierra es especialmente dulce, pues sus vides se arropan en tierra de volcán- empezó a contarnos una historia de una tierra muy lejana, donde hubo una guerra que se ganó con el ardid de un caballo.

Los ojos que la mar casi había apagado, volvían a brillar al hilo de lo que narraba, hasta que la voz se le quebró y no quiso o no pudo seguir. Entonces yo, que nunca había hecho nada igual, delante de la gente de mi Casa, me acerqué a él y lo abracé, como si temiera que volviera a naufragar, a delirar de soledad y de tristeza. Me retiré con él y sin dejar el abrazo nos quedamos dormidos.

Empecé a desear que nunca saliera de mi cama, a sentirme atrapada por su historia, que me contaba a saltos, no siempre con coherencia. También yo le hablé de mí, aunque no hubiera mucho que contar. Como hija de Atlas vivía en los confines del mundo y Troya, Micenas o Ítaca eran para mí lugares exóticos. Ni siquiera osaba acudir al Olimpo, aunque supiera que en la asamblea de los dioses tenía derecho a un sitio en cuarta o quinta fila.

De repente la palabra “siempre” empezó a parecerme terrible. Para él, un mortal, “siempre” había de tener un principio y un final, para mí “siempre” es una constante. Pero ya no podía evitarlo: no deseaba otra cosa que ese “siempre” limitado y mortal que él llevaba en los labios.

El deseo o el amor nació de manera espontánea y yo aprendí de él la pasión que sólo puede dar alguien que es consciente del paso del tiempo. En cambio, en mi isla, donde la noche y el día duran siempre igual, donde las estaciones son algo que pasa en otro sitio, encontraba él la serenidad que su inquieto corazón necesitaba.

Lo había perdido todo, su barco, sus amigos, su fortuna, posiblemente también su fama. Su familia estaba en una isla remota. Había luchado en más guerras de las que quería nombrar. Y empezó a soñar con olvidar todo eso. Si se quedaba conmigo tenía la oportunidad única de explorar lo que está vedado a la mayoría de los hombres: vivir apartado del angustioso paso del tiempo, renunciar incluso a su mortal condición, posiblemente engendrar conmigo a un hijo al que no vería morir.

Pero sus manos añoraban el remo, buscaban un timón y más tarde o más temprano tendría que dejarlo ir.

Lo cierto es que fuimos felices juntos, fuimos felices siempre, es decir, mientras él quiso, Pero cuando lo sorprendí una mañana con la mirada fija en el horizonte, y como niños nos pusimos a jugar a lanzar piedras que rebotaban en el agua, o cuando al atardecer la nostalgia lo clavaba callado ante el trajín de las olas en el puerto, supe que no podía hacer nada. Y por primera vez a mí, hija de Atlas, hermana de las Pléyades, divina entre las diosas, se me partió el corazón. Y antes de que él reuniera el valor para pedírmelo, le aparejamos una barca que llevaba en la proa mi nombre, Calipso, porque mantuve a Odiseo oculto a la ira de algún dios durante siete años, o quizá siete meses, y lo devolví al mar con el propósito de que regresara a casa, con la mujer que amaba, mientras yo en mi isla entretengo mis días inacabables cuidando vides, cultivando un jardín ameno, tiñendo telas púrpuras y aparejando barquillas pescadoras.

viernes, septiembre 29, 2006

Quirón

Quirón no es un mito, es ya una realidad

CHIRONWEB, Cultura Clásica 2.0

En la antigua Grecia, el nombre de Chiron (Χείρων) era sinónimo de formación, de educación, de sabiduría. Bajo el nombre del centauro educador, un grupo de docentes de lenguas clásicas hemos iniciado un proyecto de trabajo colaborativo centrado en nuestras materias.

Otros proyectos muy interesantes han propiciado esta iniciativa, sentando las bases para que naciera esta nueva propuesta para la cultura clásica. Somos deudores de páginas como el Anillo de Clásicas, del proyecto Grammaticus, de Labyrinthus, de www.culturaclasica.com, de www.culturaclasica.net, de tantas y tantas otras páginas que nos sirven diariamente para nuestras clases. Chiron es la evolución natural de estos recursos dentro de una nueva visión del uso de Internet.

La página de Chiron está realizada por y para profesores de lenguas clásicas interesados en el uso de las nuevas tecnologías en el aula, convencidos de que el conocimiento crece a medida que se comparte. Por eso, los contenidos de este nuevo sitio aumentan con la participación de todos y todos nos beneficiamos de ello.

De momento, debemos a la XTEC el alojamiento de la página. Disponemos de versiones en distintas lenguas (de momento latín, castellano, catalán, gallego e inglés) a la espera de más colaboraciones.

El contenido de la página está estructurado en cinco bloques:

- Wiki de recursos clásicos. Espacio donde recogemos y clasificamos recursos sobre las lenguas clásicas y su cultura.

- Marcador social. Lugar donde clasificamos enlaces interesantes mediante etiquetas.

- Galería de imágenes. Imágenes de temática clásica para uso docente.

- Planeta Clásico. Espacio donde poder leer las últimas actualizaciones de los blogs clásicos.

- Cursos. Oferta formativa para profesores en la plataforma moodle (todavía en preparación)

Cualquiera de estos bloques puede usarse de consulta o referencia, pero lo más interesante es que es un proyecto abierto y que necesita de tu participación para crecer.

Si consideras interesante este proyecto, procura difundirlo entre tus colegas, según tus posibilidades:

  • Si tienes un blog o una página web, reproduce en ella este mensaje.
  • Además, puedes enviar por e-mail un enlace a este artículo, y a la página web de CHIRON: http://www.chironweb.org

sábado, agosto 26, 2006

Acoso a la alegría

Para K.

Cuando Tereo llegó a casa de su padre no era un simple huesped, era un aliado un guerrero noble, un hombre de confianza con prestigio, así que cuando pidió la mano de su hija, el padre la concedió sin dudar, con la alegría de haber sellado una segura alianza con un reino lejano donde su hija sería la mejor embajadora de su tierra.
Las bodas se celebraron con cierta prisa, pues el novio tenía pendientes en su país algunos asuntos que no convenía descuidar. En palacio quedaron el padre ya anciano, la madre que se separaba de su hija favorita y la hermana Filomela, siempre risueña, que desde la mañana llenaba el aire de un canturreo alegre.

Pasados unos meses, llegaron nuevas de que la esposa, Procne en Grecia, Blancaflor en mi isla, estaba en cinta. Sola en un pais extraño, pedía la presencia de su madre para que la asistiera. Pero como el padre estaba ya mayor, Tereo sugería que fuera Filomela quien la acompañara. Fue personalmente a recogerla y ella, alegre de volver a ver a su hermana, a la que añoraba tanto, subió a su yegua y emprendió el camino.

Tereo admiraba la alegría instintiva de Filomela, pero la juzgaba mal y creía o quería creer que su espontánea sonrisa era un mensaje sólo para él, y así la ambicionó y deseó ser su dueño. Ella no quiso saber nada, hizo como si no supiera nada, y día tras día, ya en compañía de su hermana, esquivaba la presencia del cuñado.
Para Tereo Filomela se convirtió en una presencia esquiva e innegable, que llenaba el día y le desvelaba de noche, hasta que un día con algún pretexto la llevó al bosque y rompió para siempre lo que no podía tener. No se contentó con violarla y para no volver a oír su risa, para no tener su voz persiguiéndolo por los pasillos, por las noches, por los sueños, le cortó la lengua.

En medio de un silencio atroz, Filomela quiso volver con su hermana. Cuando la vio sólo pudo echarse a llorar, nunca la habían visto así. No hubo forma de que ambas se separaran en los días que siguieron y Filomela no sabía qué hacer. No podía hablar, cómo decirle a su hermana que precisamente el hombre con el que se había casado, del que esperaba un hijo, la había violado, mutilado y abandonado en la oscuridad del bosque. Pero tampoco podía callar su llanto, ni las preguntas de su hermana. Tereo se había marchado a otra batalla, a otra guerra. Y Filomela ayudaba a Blancaflor a tejer la ropa del bebé que vendría. Y entre puntada y puntada de alguna manera salió de su silencio, tejió su propia historia. Pese a todo no enmudeció y encontró la manera de expresar por fin la angustia, la desesperanza, la soledad y el miedo. A Blancaflor se le heló el alma, ella que conocía tan bien a Filomela sabía ya que un secreto inaudible la tenía sumida en la más honda tristeza, y no podía perdonar. No podía tener un hijo de un traidor, no podía vivir bajo su mismo techo, no podía ser cómplice.

El parto llegó antes de tiempo y Blancaflor culminó la venganza que en sueños le inspiraron los dioses. Cuando Tereo volvió de la guerra fue agasajado con un banquete irrepetible. La carne que le deleitó era la de su hijo no nacido.
Hay quien dice que enloqueció. Que se creyó pájaro o que declaraba que las mujeres de su casa se habían transformado en golondrina y ruiseñor, para hacerle enloquecer con sus trinos de venganza, Cuentan también que los dioses al final se apiadaron y le dotaron de alas en la soledad del bosque.

miércoles, julio 19, 2006

Los pliegues de la túnica.

Tengo en casa una reproducción de la Atenea pensativa que está en el museo de la Acrópolis de Atenas. Visité no hace mucho ese museo y, aunque casi a diario me rozo con ella en la pared de mi pasillo, consiguió atraparme una vez más, como la sonrisa del San Juan Bautista de Leonardo en el Museo del Louvre.
Misteriosa Atenea, ¿qué te ha hecho detenerte? ¿Por qué has dejado todos los símbolos de tu divino poder? ¿Ante qué estelas te paras?
Sostienes la frente con tu mano en un gesto de dolor contenido mientras pareces aliviarte del peso de tu casco. Parece que no fueras consciente de que te miran y en un gesto de intimidad sorprendida te vemos conmovida, tal vez sofocas el llanto. La estela perpetúa acaso la frágil memoria de algún héroe al que quisiste. Quizás añoras a alguna de las pocas compañeras a las que permitiste compartir tu cercanía.
Tú, la de los ojos glaucos, la urdidora de ideas, cabeza de la cabeza de tu padre Zeus, acaso tiemblas. Entre los severos pliegues de tu peplo se dibujan los pechos que ningún mortal puede contemplar sin castigo, y el pie descalzo levanta brevemente la túnica que apenas roza el suelo.
Audaz diosa de la sabiduría, tu mano en la cadera, la sencillez de tu imagen, que contengas el gesto en tu lanza con varonil sobriedad, sin un hombro en que aliviar la carga que soporta tu mente inquieta, me dejan sorprendida.
La copia que tengo en mi casa tiene ya muchos años. La compré de estudiante y he vivido con ella siempre. Agrietada por algún percance doméstico, acusa como yo el paso del tiempo, pero en su gesto secreto, que algún escultor trabajó con minimalista perfección, sigo viendo a la santa patrona que acompaña mis trabajos y mis días.

sábado, junio 03, 2006

La Quimera del héroe

¿Como será la Quimera? Desde que salió del palacio de Licia, Belerefonte se hacía la misma pregunta cada mañana y en cada puesta de sol despedía el día con el mismo pensamiento.
Belerefonte no sabía nada en realidad. Simplemente tenía suerte. Tuvo suerte de que la familia del joven al que mató accidentalmente se conformara con su exilio, tuvo suerte de que Petro su protector no pudiera materle con sus manos, tuvo suerte de comer algo con el bueno de Yóbates, que no sabía leer y comprendió demasiado tarde el contenido de la carta que el muchacho le trajo.
¿Cómo será la Quimera? El héroe solitario recorre Grecia buscándola y oye que su forma es la del león, que en realidad es un dragón que escupe fuego, que es hija de la Víbora Equidna y que su padre Tifón con una mano tocaba oriente, con la otra occidente, mientras de su cuerpo se desenredabam miles de serpientes.
Y sin embargo Belerofonte no conoce que convivimos con los monstruos, que nunca los matamos del todo, que el caballo que ha encontrado en una fuente cerca de Corinto, ese portentoso animal que lleva alas y se deja domesticar por él, nació de la sangre derramada de la Gorgona y por su misterioso origen es recibido por Zeus en el Olimpo para que le lleve el rayo purificador.
¿Como será, pues, la Quimera? se pregunta mientras sube a lomos de su dócil montura, mientras asegura su casco de aristócrata en desgracia, como si fuera el precursor de Amadís, de Lanzarote, maldito él también por un amor impuro.
¿Cómo será? No para vencerla mejor, pues es tan ingenuo que confía en que su lanza de punta de plomo sepa hacer su trabajo. ¿Será cierto que tiene dos cabezas, una de cabra, otra de león? Sólo la curiosidad le guía y la descabellada orden que ha recibido de su huesped. Pero ¿cómo negarse a hacer el trabajo al hombre al que le ha encomendado su protector?
Él, el asesino que nunca quiso hacer daño, encuentra cierta lógica en expiar esa culpa por medio de una muerte que le es totalmente ajena.
Pero ¿cómo será el monstruo que le ha de redimir, al que el mismo Pegaso le guía como si lo estuviera aguardando?
No sabe que la Quimera es sólo la primera de las pruebas a la que debe enfrentarse, que a él nadie osa matarle con sus propias manos, pero que está condenado a muerte por las mismas leyes que le brindan hospitalidad.
Aterrado ante la idea de tener que matar a quien ha acogido con juramento de sagrada hospitalidad, Yóbates le encargará pruebas inverosímiles y cada vez que el muchacho sale de su casa en Lidia le remuerde la conciencia de llevarle a una muerte segura, de la misma manera que cada vez que vuelve, le sorprende verlo ileso con la expresión inocente de quien camina por precipicios mirando sólo el sendero donde ha de plantar su pie.
Y cuando por fin ve a la Quimera anunciada por los dioses, perseguida en los sueños, la Quimera con la que ha batallado en su mente de niño, Belerefonte descubre un ser inesperado, un cuerpo que no le esquiva, una mente más ágil, la primera mirada que le hace frente. Sea cabra, león, serpiente o hembra, la ansiada Quimera se yergue soberbia ante él. Y de su boca sale el fuego que la ha de matar, por la ardiente punta plomiza de su lanza.
Y entonces el héroe se sabe maldito y solitario, porque en el rostro de la Quimera ha leido la palabra muerte. Ahora sabe que, como ella, pertenece a otra estirpe, que los hombres sólo toleran su presencia con disimulo. El héroe y su monstruo comparten un mismo destino que los hace incomprensibles al resto del mundo.

domingo, enero 22, 2006

Olvido

En el Hades sólo viven sombras, sombras sedientas de la luz, que envidian la precaria vida de los de fuera, sombras que deambulan despojadas de cuanto fueron, privadas incluso de su identidad cuando beben las aguas del Leteo.
Entre las tinieblas sólo dos cuerpos pueden palparse, pueden verse y reconocerse, pueden nombrarse y evocar el mundo tangible. Como dioses que son, no conocen la muerte, aunque reinen implacablemente sobre los mortales. Si, los dioses del Averno conservan sus sentidos, pero deben ocultarse para no atraerse la envidia de los que nada tienen. Por eso cada primavera Perséfone y Hades en su carro de lóbregos caballos regresan bajo el sol. A su paso la tierra se transforma: renace el bosque, fluyen los arroyos, porque ambos recuperan el mundo que una vez perdieron, Hades en un sorteo y Perséfone con un bocado.
Cuenta el mito que Hades enloquecía en la soledad de sus tinieblas y Zeus, tal vez por mala conciencia, se apiadó del hermano al que había tocado en suerte el reino lúgubre y le permitió salir. Bajo las ruedas de su carro la tierra se estremecía y el día se acortaba, pero guiado por el sol, Hades llegó a un prado y encontró a la Muchacha de mejillas espléndidas, que reía ajena al silencio opresivo de la muerte. No lo pensó dos veces, y cogiéndola por la cintura la llevó a su palacio. Ella gritaba pidiendo ayuda a su madre la diosa y a Zeus, mientras marchaba al reino del que nadie vuelve.
Las lágrimas de la Niña le partían a Hades el corazón. Él se había prendado de su risa, y encontraba ahora las mejillas adorables ajadas y pálidas por la tristeza. Pasaba un día y otro y su raptada novia ni dormía ni quería comer. Hades intentaba consolarla, distraerla, pero ni los juegos del perro de tres cabezas ni la barca de Caronte servían para tal fin. Hasta que llegó una granada a la mesa del dios. Éste al abrirla comparó cada brillante grano con las lágrimas que ella derramara por el rostro lleno de nostalgia. Se lo acercó y le dijo que la dejaría volver si al menos tomaba uno de esos frutos, que enjuagaría con besos sus tristeza, que por saberla feliz era capaz de soportar su ausencia. Y Perséfone enmudeció y miró el rostro de Hades, mientras que él, borracho de deseo, le hubiera prometido cualquier cosa con tal de volver a verla sonreír. Y distraidamente, mientras Perséfone callaba por primera vez, le llevó el diminuto manjar a los labios, rozándolos con delicadeza y ella, que había crecido viendo fructificar la tierra, recibió en esa gota púrpura el olor de la tierra fértil, el sabor del agua fresca y sonrió ausente, mientras Hades le prestaba el hombro y la tomaba entre sus brazos.
Y Perséfone, aunque diosa, comprendió resignada que para que hubiera vida, debía haber también muerte, pero tambien renacer, y aceptó que ese era su misión. Por eso cada primavera Hades la devuelve a su madre. Por eso al paso de su carro la tierra canta y Hades aguarda paciente a que la Niña vuelva a ser Perséfone a su lado y que sentada en el trono junto a él, le devuelva las fragancias de la vida y detenga el olvido, que todo lo corrompe.