miércoles, octubre 04, 2006

Un náufrago en mi isla

A las claras del día, cuando volvían de faenar, los pescadores dieron con él. Aferrado a lo que fue el mástil de su barco, casi desfallecido, lo llevaron a tierra. Había bebido mucha agua de mar; la piel quemada, el cuerpo helado y la cabeza embotada del vaivén del temporal le impedían decir una palabra inteligible. Sólo al llegar a mi Casa se desmayó al fin, y, como no sabíamos su nombre, por juego, le empezamos a llamar Nadie.

Hicimos que vomitara, le dimos purgantes, y luego le dejamos dormir en la habitación más tranquila. Recuperó las fuerzas con inesperada rapidez y, vestido ya con túnicas, reconfortado por nuestra hospitalidad, el cuerpo del náufrago semejaba ahora el de un rey.

Poco a poco recuperó las ganas de hablar, empezó a deambular por el pueblo, a observar a la gente en sus oficios, a intercambiar saludos.

Una noche en la Casa, después de cenar, pidió vino y tras el primer sorbo – el vino de mi tierra es especialmente dulce, pues sus vides se arropan en tierra de volcán- empezó a contarnos una historia de una tierra muy lejana, donde hubo una guerra que se ganó con el ardid de un caballo.

Los ojos que la mar casi había apagado, volvían a brillar al hilo de lo que narraba, hasta que la voz se le quebró y no quiso o no pudo seguir. Entonces yo, que nunca había hecho nada igual, delante de la gente de mi Casa, me acerqué a él y lo abracé, como si temiera que volviera a naufragar, a delirar de soledad y de tristeza. Me retiré con él y sin dejar el abrazo nos quedamos dormidos.

Empecé a desear que nunca saliera de mi cama, a sentirme atrapada por su historia, que me contaba a saltos, no siempre con coherencia. También yo le hablé de mí, aunque no hubiera mucho que contar. Como hija de Atlas vivía en los confines del mundo y Troya, Micenas o Ítaca eran para mí lugares exóticos. Ni siquiera osaba acudir al Olimpo, aunque supiera que en la asamblea de los dioses tenía derecho a un sitio en cuarta o quinta fila.

De repente la palabra “siempre” empezó a parecerme terrible. Para él, un mortal, “siempre” había de tener un principio y un final, para mí “siempre” es una constante. Pero ya no podía evitarlo: no deseaba otra cosa que ese “siempre” limitado y mortal que él llevaba en los labios.

El deseo o el amor nació de manera espontánea y yo aprendí de él la pasión que sólo puede dar alguien que es consciente del paso del tiempo. En cambio, en mi isla, donde la noche y el día duran siempre igual, donde las estaciones son algo que pasa en otro sitio, encontraba él la serenidad que su inquieto corazón necesitaba.

Lo había perdido todo, su barco, sus amigos, su fortuna, posiblemente también su fama. Su familia estaba en una isla remota. Había luchado en más guerras de las que quería nombrar. Y empezó a soñar con olvidar todo eso. Si se quedaba conmigo tenía la oportunidad única de explorar lo que está vedado a la mayoría de los hombres: vivir apartado del angustioso paso del tiempo, renunciar incluso a su mortal condición, posiblemente engendrar conmigo a un hijo al que no vería morir.

Pero sus manos añoraban el remo, buscaban un timón y más tarde o más temprano tendría que dejarlo ir.

Lo cierto es que fuimos felices juntos, fuimos felices siempre, es decir, mientras él quiso, Pero cuando lo sorprendí una mañana con la mirada fija en el horizonte, y como niños nos pusimos a jugar a lanzar piedras que rebotaban en el agua, o cuando al atardecer la nostalgia lo clavaba callado ante el trajín de las olas en el puerto, supe que no podía hacer nada. Y por primera vez a mí, hija de Atlas, hermana de las Pléyades, divina entre las diosas, se me partió el corazón. Y antes de que él reuniera el valor para pedírmelo, le aparejamos una barca que llevaba en la proa mi nombre, Calipso, porque mantuve a Odiseo oculto a la ira de algún dios durante siete años, o quizá siete meses, y lo devolví al mar con el propósito de que regresara a casa, con la mujer que amaba, mientras yo en mi isla entretengo mis días inacabables cuidando vides, cultivando un jardín ameno, tiñendo telas púrpuras y aparejando barquillas pescadoras.

11 comentarios:

Ana dijo...

Muy hermosa la versión, con muchísimo sentimiento. Da envidia y hace recordar tiempos en los que todavía creía que se podía sentir así ... En fin, que me ha pillado un poquito baja y me ha emocionado. Gracias por esa hermosa evocación.

luna dijo...

Calipso me venía contando su historia desde hace tiempo y la verdad es que por lo que sé, siente que es un privilegio haber sentido así. Aunque en la soledad de Ogigia sea consciente de lo que es envejecer, lo que la aparta más aun del resto de los dioses.
Lo que me conmovió más fue el pasaje de Homero (Odisea V 180ss), en el que ella, ante un Odiseo que recela, que teme su ira divina, le sonríe y le toma con cariño la mano, para decirle que solo piensa y desea lo que querría para ella, si estuviera en esa situación. Ni siquiera entre los dioses es frecuente encontrar un amor así.

Magister-Διδασκαλος dijo...

Apreciada Olga:
Leo con interés y gusto tus re-escrituras mitológicas. Les propondré a mis alumnos de griego que le den un vistazo al "Hilo de Ariadna" con frecuencia. Saldrán enriquecidos, no sólo en mitología, sino también en una visión menos materialista y más poética de las cosas.
Un cordial saludo. Luis.

Vicky dijo...

Estimada Olga,
hace tiempo que estudio a Homero, y nunca había visto el perssonaje de Calipso tan hermoso como cuando he leído tu adaptación.
Gracias, he encontrado en tu blog un lugar donde recrear los mitos que creía perdidos en los libros de una abandonada biblioteca.

luna dijo...

Magister, Vicky... es un placer compartir el placer de escribir o dicho de manera mucho menos rebuscada, es un placer que me leáis, y de alguna manera también una responsabilidad.
¿Os habéis dado cuenta de que la Odisea se abre con Calipso y se cierrra con Penélope? Pobre Odiseo naúfrago entre las dos... ;-) Dos mujeres interesantes para un estudio comparativo (Vicky, esto es ya para nota!!)
bss

La dulce luna dijo...

Tu versión es más hermosa y generosa que la verdadera; ya que Calipso, deja partir a Odiseo sólo cuando Zeus se lo ordena y, aún así, manifiesta su extrañeza por la perpetua congoja de su amado con las siguientes palabras:
“... aunque estés deseoso de ver a tu esposa, de la que padeces soledad todos los días. Yo me jacto de no serle inferior ni en el cuerpo ni en el natural, que no pueden las mortales competir con las diosas ni por su cuerpo ni por su belleza” (V, 209- 13).
La respuesta del astuto Odiseo es tan ilustrativa que merece que la escriba aquí:
“¡No te enojes conmigo, venerada deidad! Conozco muy bien que la prudente Penélope te es inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal y tu inmortal y exenta de la vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta” (V, 215-20).
En esta afirmación es evidente que ni la dignidad de la diosa, ni la tentación de una futura inmortalidad logran desestimar la idea del regreso y el reencuentro en Odiseo. En fin, la vida de las deidades es así... en las páginas de su historia transcurren ineluctables el amor y la muerte.
Buenas noches

Anónimo dijo...

No sé, dulce luna. ¿Has dejado partir alguna vez a alguien a quien verdaderamente amabas? Cuando te das cuenta de que aunque esté a tu lado ya estará lejos para siempre, aunque la rabia te haga pensar que no mereces que te menosprecien, se necesita algo del aliento de Zeus para dejarlo partir. Y sin embargo es la única opción posible, si verdaderamente lo amabas.

La Dulce Luna dijo...

Cuando un amor se va, necesitas el aliento de Zeus,... la fuerza de los Titanes y... la bravura de Poseidón, para superar el estado de tristeza, de de ansiedad....de soledad.
Buenas tardes

Olga dijo...

Uy cómo nos estamos poniendo.
Pues creo que no, que el dolor, la soledad y la angustia no se acaban nunca. Quizá lo único que merece la pena es impedir que el sentimiento amoroso degenere en rabia y amargura. No sé si Calipso lo conseguiría...

Anónimo dijo...

Hace poco leo este blog y en verdad es fascinante, pues es la manera íntima y personal de relatar mitos ya sabidos en la historia.
muy acertada visión de la historia de ese obsesivo amor que los dioses tienen con los humanos, ademas siempre deja ver que por mas dioses que sean no todo lo pueden y es eso lo que Homero nos da como enseñanza gratificante, somo dueños de nuestro corazón, así el destino pueda ser manipulado por deidades...... por otro lado esta la versión de una mujer (asi sea diosa... mujer)enamorada de un hombre simplemente deslumbrante, sobretodo por esa fidelidad hacía lo suyo, ya quisiera caulquier mujer divina o mortal contar con esa fidelidad a pesar de los años y la distancia.

Anónimo dijo...

Estimada Olga: Acabo de leer los relatos blog, que conocía de nombre pero no sabía de qué trataba. Me han gustado muchísimo todas las reescrituras de los mitos y tu trabajo me parece estupendo. Justamente, el último artículo de mi blog (http://www.blogs.ya.com/griegoantiguo) es un microrrelato de temática mitológica. Una pequeña reflexión sobre la aceptación del destino y la verdadera heroicidad en boca de...Bueno, si te apetece léelo tú misma.
Me he permitido agregar un enlace a tu blog desde el mío. Me gustaría mucho dedicar la 2ª. evaluación de la materia que imparto "La Mitología y las Artes" a experimentar con los alumnos esta línea de trabajo de reinterpretación, relectura y reescritura de los mitos.
Y ahora comentaré algo sobre Odiseo y Calipso (http://blogs.ya.com/griegoantiguo/c_48.htm#comment_1) La versión homérica dice que Odiseo era retenido por Calipso y que, por intercesión de Atenea, Zeus ordena la marcha de Ogigia del hombre “que mucho había sufrido”. Pero para mí, una relectura más poética, interpretaría que Odiseo no era hombre de muchos sufrimientos por sus tanto por sus aventuras como por haber sentido la angustia de amar de verdad a dos mujeres (Penélope y Calipso). La Odisea (V, 214-227) dice: “Respondióle el ingenioso Odiseo:
—¡No te enojes conmigo, veneranda deidad! Conozco muy bien que la prudente Penelopea te es inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal y tú inmortal y exenta de la vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta. Y si alguno de los dioses quisiera aniquilarme en el vinoso ponto, lo sufriré con el ánimo que llena mi pecho y tan paciente es para los dolores; pues he padecido mucho así en el mar como en la guerra, y venga este mal tras de los otros.
Así habló. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Retiráronse entonces a lo más hondo de la profunda cueva; y allí muy juntos hallaron en el amor contentamiento.”
Y allí muy juntos hallaron en EL AMOR contentamiento.
Lo maravilloso de los mitos es que nos hablan de las cosas de la vida y que podemos interpretarlos, recrearlos y adaptarlos a nuestras circunstancias personales, identificándonos o no con ellos, como nos plazca a cada cual. Porque la leyenda, el mito, también puede poseer una dimensión personal, cuando alguien lo adopta y le da su propio sentido acorde a sus circunstancias (http://blogs.ya.com/griegoantiguo/c_27.htm#comment_1).
A partir de hoy me convierto en asiduo lector de los relatos de tu blog. Muchas gracias por tu trabajo y recibe un cordial saludo.
Ricardo