miércoles, julio 19, 2006

Los pliegues de la túnica.

Tengo en casa una reproducción de la Atenea pensativa que está en el museo de la Acrópolis de Atenas. Visité no hace mucho ese museo y, aunque casi a diario me rozo con ella en la pared de mi pasillo, consiguió atraparme una vez más, como la sonrisa del San Juan Bautista de Leonardo en el Museo del Louvre.
Misteriosa Atenea, ¿qué te ha hecho detenerte? ¿Por qué has dejado todos los símbolos de tu divino poder? ¿Ante qué estelas te paras?
Sostienes la frente con tu mano en un gesto de dolor contenido mientras pareces aliviarte del peso de tu casco. Parece que no fueras consciente de que te miran y en un gesto de intimidad sorprendida te vemos conmovida, tal vez sofocas el llanto. La estela perpetúa acaso la frágil memoria de algún héroe al que quisiste. Quizás añoras a alguna de las pocas compañeras a las que permitiste compartir tu cercanía.
Tú, la de los ojos glaucos, la urdidora de ideas, cabeza de la cabeza de tu padre Zeus, acaso tiemblas. Entre los severos pliegues de tu peplo se dibujan los pechos que ningún mortal puede contemplar sin castigo, y el pie descalzo levanta brevemente la túnica que apenas roza el suelo.
Audaz diosa de la sabiduría, tu mano en la cadera, la sencillez de tu imagen, que contengas el gesto en tu lanza con varonil sobriedad, sin un hombro en que aliviar la carga que soporta tu mente inquieta, me dejan sorprendida.
La copia que tengo en mi casa tiene ya muchos años. La compré de estudiante y he vivido con ella siempre. Agrietada por algún percance doméstico, acusa como yo el paso del tiempo, pero en su gesto secreto, que algún escultor trabajó con minimalista perfección, sigo viendo a la santa patrona que acompaña mis trabajos y mis días.