sábado, agosto 26, 2006

Acoso a la alegría

Para K.

Cuando Tereo llegó a casa de su padre no era un simple huesped, era un aliado un guerrero noble, un hombre de confianza con prestigio, así que cuando pidió la mano de su hija, el padre la concedió sin dudar, con la alegría de haber sellado una segura alianza con un reino lejano donde su hija sería la mejor embajadora de su tierra.
Las bodas se celebraron con cierta prisa, pues el novio tenía pendientes en su país algunos asuntos que no convenía descuidar. En palacio quedaron el padre ya anciano, la madre que se separaba de su hija favorita y la hermana Filomela, siempre risueña, que desde la mañana llenaba el aire de un canturreo alegre.

Pasados unos meses, llegaron nuevas de que la esposa, Procne en Grecia, Blancaflor en mi isla, estaba en cinta. Sola en un pais extraño, pedía la presencia de su madre para que la asistiera. Pero como el padre estaba ya mayor, Tereo sugería que fuera Filomela quien la acompañara. Fue personalmente a recogerla y ella, alegre de volver a ver a su hermana, a la que añoraba tanto, subió a su yegua y emprendió el camino.

Tereo admiraba la alegría instintiva de Filomela, pero la juzgaba mal y creía o quería creer que su espontánea sonrisa era un mensaje sólo para él, y así la ambicionó y deseó ser su dueño. Ella no quiso saber nada, hizo como si no supiera nada, y día tras día, ya en compañía de su hermana, esquivaba la presencia del cuñado.
Para Tereo Filomela se convirtió en una presencia esquiva e innegable, que llenaba el día y le desvelaba de noche, hasta que un día con algún pretexto la llevó al bosque y rompió para siempre lo que no podía tener. No se contentó con violarla y para no volver a oír su risa, para no tener su voz persiguiéndolo por los pasillos, por las noches, por los sueños, le cortó la lengua.

En medio de un silencio atroz, Filomela quiso volver con su hermana. Cuando la vio sólo pudo echarse a llorar, nunca la habían visto así. No hubo forma de que ambas se separaran en los días que siguieron y Filomela no sabía qué hacer. No podía hablar, cómo decirle a su hermana que precisamente el hombre con el que se había casado, del que esperaba un hijo, la había violado, mutilado y abandonado en la oscuridad del bosque. Pero tampoco podía callar su llanto, ni las preguntas de su hermana. Tereo se había marchado a otra batalla, a otra guerra. Y Filomela ayudaba a Blancaflor a tejer la ropa del bebé que vendría. Y entre puntada y puntada de alguna manera salió de su silencio, tejió su propia historia. Pese a todo no enmudeció y encontró la manera de expresar por fin la angustia, la desesperanza, la soledad y el miedo. A Blancaflor se le heló el alma, ella que conocía tan bien a Filomela sabía ya que un secreto inaudible la tenía sumida en la más honda tristeza, y no podía perdonar. No podía tener un hijo de un traidor, no podía vivir bajo su mismo techo, no podía ser cómplice.

El parto llegó antes de tiempo y Blancaflor culminó la venganza que en sueños le inspiraron los dioses. Cuando Tereo volvió de la guerra fue agasajado con un banquete irrepetible. La carne que le deleitó era la de su hijo no nacido.
Hay quien dice que enloqueció. Que se creyó pájaro o que declaraba que las mujeres de su casa se habían transformado en golondrina y ruiseñor, para hacerle enloquecer con sus trinos de venganza, Cuentan también que los dioses al final se apiadaron y le dotaron de alas en la soledad del bosque.