miércoles, noviembre 01, 2006

Volver a casa


Llevaba la boca seca, aunque no podía estar segura, pero la sensación más parecida era la de estar durmiendo con la boca seca y el cuerpo demasiado cansado para ir a por agua. Sabía que no había bebido nada desde entonces, porque no quería olvidar. ¿Y, si abría los ojos, despertaría o volvería a la oscuridad, a esa no oscuridad brillante?
Podría intentaba mover la mano, a lo mejor así anunciaría su regreso, pero por más que se esforzaba por saber quién podría estar a su lado no oía nada. Y si estaban los niños se asustarían, pero parecía que no hubiera nadie.
Palpó el borde de la cama y se tranquilizó, porque le pareció que aún estaba en su cuarto. Entonces no era demasiado tarde. Si el regreso se hubiera retrasado no podría recuperar la voz. Carraspeó y la tos seca le alivió. No llevaba nada en la boca, no había pagado a Caronte, no habían culminado los ritos. Pero entonces, ¿por qué la habían dejado sola tan pronto?
Cogió aire y se llenó de la humedad de un día lluvioso de otoño, el aire la acarició por dentro y sus labios sonrieron. Abrió los ojos poco a poco, sin saber si la recibiría el día o la noche y vio que entraba la luz primera del alba, olió la lámpara de aceite que aún brillaba a un lado y reconoció el techo, las paredes. Estaba en casa, era verdad.
Lo primero que pensó fue en tortas de aceite y ajonjolí, en hacer unas para sus hijos, en que había que zurzir la ropa y empezar a preparar las confituras para el invierno. Pero no quería moverse. Se quedó mirando cómo aparecía la luz por la entrada del patio y las sombras y contornos se trasfiguraban. Ser oía fuera el carro de los hombres que iban como cada día a trabajar el campo, su voces roncas sonaban algo apagadas.
¿Podría moverse? ¿Estaría bien de verdad? ¿Dónde estaría él, que habría prometido rescatarla de la misma muerte? Y Admeto... dormiría acaso, habría salido al campo, o estaría buscando a su padre para reprocharle su cobardía.
Quién era él para reprocharle nada a nadie. Sintió una leve opresión en el pecho. Igual que antes había aceptado marcharse, ahora había sido ella la que se había ganado volver. Y él, Heracles, por muchas promesas que hubiera hecho, habría llegado demasiado tarde. No se podía confiar demasiado en Heracles, era bien sabido, su aire de bravucón ocultaban un corazón de oro, algo infantil y asustadizo.
En el patio se escuchaba el canto de algún pájaro, la casa despierta recuperaba su actividad diaria, se oía a las chicas preparando la colada, la masa del pan, las salazones.
Casi no se dio cuenta de que Admeto entraba en la habitación, con el rostro desencajado, y las señales del luto aún visibles. Apenas se movió, sólo posó sus ojos en él. Y él la miró desconcertado y cuando recuperó el habla dijo "Ha sido Heracles, ha sido Heracles". Lo proclamó a gritos y todos los de la casa acudieron temiendo que al señor le hubiera dado un ataque de locura.
Pero ahí estaba ella, Alcestis, con una enigmática sonrisa en la boca, recogiendo apenas un pliegue de su vestido y ofreciendo a su esposo con la mano derecha una roja granada, que acababa de coger al levantarse.
Nadie dijo nada, nadie parecía saber cómo reaccionar, hasta que Heracles irrumpió en la sala y a la mirada ansiosa de Admeto, respondió que sí, que había ido al Hades por Alcestis, pero que la propia Reina desde el trono del más allá la había dejado volver, porque alguien que podía amar así se merecía vencer la misma muerte.