viernes, diciembre 28, 2007

El primer fuego.

Había que verla ahí, sentadita junto a la puerta de la casa. Su ropa impecable, su rostro iluminado por las luces de la mañana. Nadie sabía cómo había aparecido, pero ahí estaba. Esperaba con la mirada ausente, parecía que su cara sólo la hubiera tocado la luz sagrada de ese amanecer.

Quien pasara por ahí, la miraría con curiosidad, sin atreverse a dirigirle la palabra. Y ella con su figura menuda seguía ahí sentada, con su vestido resplandeciente y una caja pequeña en el regazo.

Tal vez fuera una novia sin cortejo, que custodiaba su dote en espera del novio.

A la luz del mediodía la empezaba a vencer la sombra de un ciprés en el camino, cuando llegaron dos hombres. Algo traían con sumo cuidado, entraron en la casa y liberaron aquello que parecía saltar y brillar entre sus manos. Casi no repararon en la muchacha – la mirada baja, las rodillas juntas, el pliegue del vestido como esculpido-, pero uno de ellos salió, la miró, se quedó estupefacto, como si una oleada de súbito terror le recorriese la espalda, y entró aprisa.


Desde la puerta, sentada en un pretil, mientras miraba los árboles que rodeaban la casa con las sombras primeras de la tarde, podía oír la discusión, pero no entendía nada.


Como respondiendo a una consigna, empezó a llegar gente a la casa, y cada uno salía con un trocito de estrella que portaba como el tesoro más preciado. Y la miraban de soslayo. Los hombres habían dejado de discutir dentro. Alrededor de ella empezó a agolparse la gente. Así que era ella. Y qué era eso que traía. Entonces, como si despertara de un sueño, la muchacha, sentada todavía con el porte majestuoso de una diosa, reparó en la cajita que empezaba a brillar bajo el reflejo de las luces que cada uno de los hombres llevaba consigo.

Era una delicada pieza de marquetería no vista antes, con un cierre precioso, lo que hacía pensar que dentro guardaría un tesoro sin igual.

Pero uno de los hombres de la casa hizo que todos se marcharan y dejó fuera a la joven, que empezaba a notar el frío de la noche.

Dentro nadie se había ido a dormir, pero la discusión parecía haber cedido ante la comida cuyo olor humeante llegaba a la chiquilla. Así que era eso, el calor de la comida, el brillo del metal al atardecer, la luz saltarina domesticada. Eso explicaba que ella estuviera ahí y llevara una caja que no debía caerse, ni abrirse, ni romperse.

Saciados ya, vencidos tal vez por un día de fatigas, los de la casa callaron. Al rato uno de ellos salió. La iluminó con una lamparilla; los ojos de la muchacha parecían mecerse al compás de la llama.

-Pasa y no temas a mi hermano. Es demasiado prudente. Estás temblando de frío. Entra y come algo, guarda esa caja antes de que te la roben y siéntate conmigo junto a este fuego que llamaremos hogar. Y que no te importe lo que digan los otros. No sé de dónde vienes, ni qué traes contigo. Eres fascinante y no sé por qué, pero creo que la vida sólo puedo vivirla a tu lado. Respetaré tus silencios, te enseñaré lo que sé, si es que quieres quedarte conmigo.

Su mano se acercó casi temblando a la mejilla helada de la muchacha. Al sentir su calor ella lo miró a los ojos y entreabrió los labios en su primera sonrisa. Él la tomó de la mano para cruzar juntos el umbral de la casa.

La cajita tendría que aguardar a que llegara el tiempo de la ira, el tiempo en el que ella, que tenía consigo todos los dones, tuviera que sufrir el desprecio permanente de aquel hombre arrogante al que todos tomaban por prudente. Pero su hermano, (el inconstante, el voluble, el jovenzuelo), la hacía feliz, juntando risas mientras aprendían los prodigios del fuego.

Cuando mucho después las cosas empezaran a torcerse, siempre estaría ahí la caja, para cargar con la culpa de todos los males.

martes, diciembre 18, 2007

De piedra y fuego

No sabían a dónde habían llegado, pero el barco había encallado en alguna parte y el temporal había cesado.

Lo que vieron fue un paisaje borroso, desdibujado, donde los contornos de la tierra, del mar, de las montañas y los valles parecían ser una única cosa, desolada, yerma.

Podían ver un horizonte donde apenas se distinguía cielo y tierra, como si el orden acostumbrado hubiera caducado y hubiera que inventarlo todo de nuevo.

El viento húmedo y frío les despertó de su asombro y les obligó a ponerse en marcha, pero a dónde.

No quedaban caminos que recorrer, amigos a los que pedir ayuda, o templos en los que hacer sacrificios. Era como si se les negara el consuelo o la ayuda. Y sin embargo los dos, solos como no lo ha vuelto a estar nadie, tenían que empezar a caminar.

Se habían dado la mano, y la piel encallecida de años y fatigas parecía ya una misma piel. El tibio contacto de algo conocido les infundió ánimos, pero en silencio se preguntaban, cómo podrían hacerlo.

Echaron a andar abriéndose paso en un camino lleno de piedras embarradas, que el temporal había arrastrado para cegar barrancos, todavía desbordantes de agua. A su paso las lluvias torrenciales habían arrinconado árboles, cercados, puertas. Cuanto había dado seguridad a los hombres yacía en un caos cruel, pues los dioses se habían burlado de los intentos de los humanos por superar su penosa condición.

Quizá los dioses se apiadaran ahora de ellos dos, a los que habían salvado para despojarlos de todo cuanto habían conocido.

Buscarían el oráculo de Zeus: ya que su voluntad había sido salvarlos, debería tener para ellos un designio.

Mientras apartaban las piedras de su paso, Pirra se preguntaba cómo volvería a ser fértil la Tierra. Deucalión se alarmaba de la inmensa hostilidad del Cielo.

Camino del oráculo fueron tirando piedras a los lados, devolviendo un orden minúsculo a la naturaleza devastada. Buscaban un camino, querían encontrar una vez más los instrumentos con los que hacer fuego y preparar algún tipo de sacrificio que Zeus acogiese.

Había que capturar algún animal para el sacrificio, aunque fuera una paloma atrapada en las ramas de un árbol.

Se calentaron en torno a la hoguera sagrada, y una vez que se hubieron reconfortado, tomaron las piedras inertes que el fuego iluminaba y las fueron esparciendo alrededor del recinto sagrado que acababan de crear.

Y así brotó una nueva generación de hombres, hijos de la tierra, alumbrados por el fuego.

lunes, octubre 29, 2007

Aurora

Este viejo despojo enamorado al que miras
buscando bajo la rugosa piel el cuerpo
que tan bien te ha amado, este trozo
de mí que envejece a tu lado sin remedio,
aguarda cada noche tu regreso
para dejarte partir cada mañana.

Esta parte de mí que desmorona el paso
inexorable de los días, bebe en la luz primera
tu secreto perfume y el rocío
habla de ausencia, de impaciente espera.

Y cada mañana te levantas como si fuera
la primera vez que el Sol hubiera de cruzar la geometría celeste,
pero yo, esperando tras tus huellas siempre,
bendigo la oscuridad que los hombres temen.

Y llegas siempre como si espantar tinieblas fuera una niñería,
como si abrirle caminos al Sol fuera descorrer
una cortina ligera de azafrán.
Pero el color alegre de tus ojos se frena cuando mira
los surcos que en mi cuerpo deja el paso del tiempo.
La materia de la que estás hecha, vida mía, la hilera de días que inauguras
debería acabárseme algún vez, pero tu amor
me ha hecho inmortal y añoro la piadosa esperanza de la muerte.

Porque no quiero que cuando de mí quede
un cuerpo enjuto y seco, vengas a mi lado
para cuidar la corteza mortal que no puede contener
mi enamorado ser, ni quiero que mires
al viejo caduco que ya no puede servirte como quiere.

No quiero tu obsequiosa atención para la eternidad.
Déjame que me muera al lado tuyo, que me devuelvas
la mirada de pasión con que nos conocimos,
más que vivir y ver cómo me añoras, o cómo añoro yo tiempos mejores.

lunes, septiembre 24, 2007

La muchacha de mármol

No solía pasar mucho tiempo en la misma ciudad, estaba acostumbrado a ser extranjero en cualquier sitio. A donde fuera le seguía su taller, los aprendices los encontraba en cualquier pueblo, porque los artesanos locales lo conocían lo bastante para mandarle a sus hijos a aprender las técnicas más novedosas.
Solitario, taciturno, sabía reírse en las comedias, conversar en los banquetes, adular lo justo, presumir lo necesario.
Decían de él también que no siempre fue así, un hombre triste que no quería sentirse de ningún sitio. Decían que había tenido familia en alguna de esas islas, que por alguna de estas guerras la había perdido. Pero él nunca contaba nada demasiado personal, ni bebía demasiado, ni perdía la cabeza más allá de lo imprescindible.

Lo llamaron un día a la corte de un rey, y le hicieron un encargo para un templo. Procuró hacer bien su trabajo, pero entre dioses en los bloques de piedra latía otra figura oculta. Como si los fornidos músculos de Heracles o los rizos de Baco no fueran reto suficiente, al atardecer se quedaba mirando el tono sonrosado del poniente en una pieza de mármol que parecía dócil como barro. Si al mediodía en el patio interrumpía su trabajo en la lira de Apolo, la blancura del mármol le tentaba y los dedos expertos repasaban las aristas de la pieza que había desechado por una veta azulada, que al sol parecía el pliegue de una túnica.

El cincel empezó a buscar y los dioses tuvieron que esperar tardes enteras. El rey desesperaba por el retraso en el proyecto aúlico, pero el artista parecía haber empezado a enloquecer. Hablaba solo, noche y día , y protegía la pieza en la que trabajaba del cálido sol y de la incierta luna, cubriéndola con un manto, haciéndole sitio por las tardes en la casa.

Cuando un día el rey se presentó para ver al artista, disimulando la impaciencia que le producían las excusas continuas, paseó por el patio y encontró una hermosa muchacha de mármol, con la túnica azul, las mejillas sonrosadas, la boca entreabierta y los rizos caídos sobre el cuello que giraba para mirar de lado mientras las manos recogían un pliegue de la falda y protegía en su regazo una flor de granado.

La quiso para si, pero el artista no quería desprenderse de ella. Los dioses empalidecieron a su lado, y al día siguiente, el escultor volvió a cargar en su carro el taller y a buscar otra ciudad donde ejercer su oficio. Y a su lado, cubierta con un velo y coronada de flores, como una novia, la muchacha de mármol le acompañaba para siempre, como la única compañera que quería en su vida.

domingo, septiembre 09, 2007

Islas


Entre el olvido y la esperanza debe existir un lugar habitable, donde se pueda aceptar que el sol salga cada mañana, igual para todos.

Porque olvidar es como mutilarse uno mismo y mantener la esperanza viene a ser tan arduo como distinguir el espejismo del oasis, debe haber un sitio que nos permita el reposo, sin quedar atrapados en la deuda de su hospitalidad sagrada.

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En el imaginario griego existe un lugar así para unos pocos privilegiados, al que se accede más allá del límite de nuestra vida. Son los Campos Eliseos, o las Islas de los Bienaventurados,

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jueves, agosto 02, 2007

La espera

Como cada verano, hemos celebrado el nacimiento de nuestra Patrona y ha venido, una vez más, el cantor que cada año recorre estas tierras. Su llegada ha sido, como siempre, motivo de celebración. Cada vez más ciego, más encorvado, nos ha ido encantando con sus coplas de hazañas. Empezó con el rapto de Helena y alguien le gritó que cambiara de repertorio, que esa historia era ya muy vieja. Muy vieja. Como movida por un resorte, en medio de la fiesta me he levantado, me temblaban los labios pero no dije nada. Alguno de los invitados tildó enseguida de grosero al que osó interrumpir al viejo servidor de Apolo y yo he contado los veranos que han pasado desde que Demódoco viene a cantarnos, y me he dado cuenta de que fue hace veinte años cuando Paris se llevó a Helena, veinte años de nuestra boda, veinte años de la convocatoria de Menelao. Todo había pasado hace veinte años. Miré a mi hijo, comprendí muchas cosas. Sentado entre los jóvenes algunas de mis sirvientas no podían evitar regalarle sonrisas. Ya poco falta para que tenga dieciocho, Mentor se lo lleva cada mañana a recorrer el reino de su padre, a aprender de cada rincón de esta tierra todo lo que le conviene saber. Yo me he sentido tan vieja. Esa noche en el torreón hablé un buen rato con el cantor, su compañía siempre me ha serenado, pero cuando se marchó, fui a mi habitación y no pude dormir. Palpé mis muslos y mis pechos, toqué mi frente, me encontré marchita. Lloré una vez más.

Me dijo Demódoco, que siempre trae coplas y noticias, a veces habladurías, me dijo que hay personas que saben atrapar las palabras, que las pegan en algo parecido a una tela y la llevan consigo o hacen que lleguen a quien sabe liberarlas de nuevo sólo con ver la tela en la que han quedado cautivas. Ojalá tuviera yo ese don. Entonces cada noche atraparía las palabras, palabras que diría en voz muy baja, pegándome a la trama en la que han de vivir aprisionadas, para que no lleguen a otros oídos. Las dejaría bien prietas en la urdimbre y se las mandaría a él, para que sólo volaran ante sus ojos, para que sólo él les diera otra vez alas. Y quizá cuando fueran libres de nuevo, volverían a mí, como presagio de tiempos mejores.


Antes de que partiera, un año más desde hace ya casi diez, ahora lo sé con precisión, le pregunté a Demódoco si sabía algo de él; le pedí que si se lo encontraba le dijera que yo seguía aquí, que su hijo crecía en su ausencia. Pero callé la situación de mi casa. Y él me preguntó cómo lo reconocería, si se cruzaba en su camino. Y no supe qué decir. Cómo explicarle a un ciego cómo es un hombre al que hace casi veinte años que no veo.


Las sorprendí fisgoneando en mis habitaciones, sentí en mi rostro que me enrojecían sus risitas descaradas de quince años, sus pasos apresurados, su mirada retadora y fugaz. Ellas no saben que de noche velo. Que oigo los pasos más ligeros por los corredores de la casa, cuando se supone que están cerrados los postigos y nadie puede entrar. Ellas no saben que no me fío de nadie. En seguida les he mandado que suban el telar a lo alto del torreón del sur, el que está junto a mis habitaciones, Seguro que han dudado de si estaba en mis cabales. Para qué querrá la vieja tener allá arriba todo esto. Pero han cargado con pesas, ovillos, husos, tintes y urdimbres los cuatro pisos del torreón. Y cuando todo estaba arriba, pensé por un momento en hacer que lo bajaran todo otra vez, pero la luz del mediodía me ha dado en la cara; la mar se veía clara, hasta las sombras de otra isla. Ahí podría encerrarme a trabajar y a la vez estar vigilante.


-“A qué estás esperando”-, los hombres se arremolinaban en el patio, cuando se suponía que, acabadas las fiestas, debían volver cada uno a su hacienda. –“Reina, no lo demores más, elige al que prefieras, tienes dónde escoger.” Los miré fingiendo que me sorprendían, o incluso que me halagaban sus pretensiones. Les recordé que no era viuda y no podía por tanto disponer de nada. Que mi casa era en realidad de Telémaco. Uno de ellos me respondió tajante que el rey no iba a volver, que tiempo había tenido más que suficiente, que nadie daba razón de él, y que al haber desaparecido, tenía yo la obligación de elegir entre sus iguales a quien ocupara su puesto en mi cama y en la asamblea.

Volvieron a temblarme los labios y volví a sentir que la ira me enrojecía, pero me contuve. No contradije nada. Respondí que siendo así, era normal que me permitieran tomar la decisión más acertada para mí y para Ítaca, que no quería despreciar a ninguno, pero que cuando la elección estuviera hecha les convocaría en mi palacio. Marcharon incrédulos y creí ingenuamente que tendría un respiro, pero a la tarde siguiente, alguno vino a traerme quesos, otro me mandó corderillos para nuestras bodas, otro una tela para el vestido que llevaría cuando me desposara con él. No iban a dejarme tranquila. A los pocos días volvían a estar todos delante de mí, reclamando mi decisión. Recordé que el telar estaba arriba. Les dije que prepararía el ajuar y cuando estuviera listo daría mi mano al mejor de todos.


Tejer una colcha para mi cama. Una tela fina que huela a primavera, que reúna los colores más vibrantes, que invoque a los dioses que protegen el tálamo. Sería una tomadura de pelo. Qué fértil unión podría esperarse. Si volviera a casarme, no sobreviviría ni a un parto. Cuál de esos rufianes babeantes mancharía la tela en la que debo trabajar. Esa tela en la que yo habría querido atrapar las palabras que callaba cada noche. No tejería para ellos, no. Lo haría para él. Nadie sabría el mensaje que le mandaría, nadie espiaría mi labor.


La luna parecía girar en medio de la noche tórrida. ¿Y si Odiseo no vuelve? Si mañana me llegara un mensajero fiable que me diera una prueba irrefutable de que no va a volver, ¿qué debería hacer entonces? La ausencia no tendría remedio, sé que lo añoraré hasta que me fallen las fuerzas o la memoria. Pero no puedo perder a Telémaco. He de elegir al hombre que pueda ser su aliado, alguien sin mayores ambiciones que estar seguro en mi casa. Y mientras, ganaré tiempo para Telémaco, para que se haga respetar por esa panda de parásitos.


La tela estará compuesta a franjas. Alrededor, una guirnalda de flores y en el centro distintas escenas. En la primera estarán los animales del monte y las aves que acuden a saludar a la Señora de las Fieras, la que protege la vida feraz y garantiza la fertilidad de nuestra isla.


Mentor y Telémaco partieron esta mañana en busca de nuevas de Odiseo. Me he comprometido a tomar la decisión cuando esté de vuelta. Mientras, dedico todo mis esfuerzos a la colcha que habrá de cobijarme. Pero a menudo, de noche, cuando me desvelo tengo que deshacer todo lo que he podido urdir porque descubro los fallos, la trama que se tuerce aquí, un nudo que no está bien disimulado, o tintes que no han quedado bien. Adoro ponerme en el telar, sólo aspiro a tejer la más hermosa tela, a perfeccionarla tramo a tramo, a hacer más gráciles las figuras, más equilibrada la composición, como si fueran mis sueños fugitivos los que aparecen ahí. Y aunque no lo consiga, al intentarlo soy completamente libre.


La segunda escena representará el mar; pondré hileras de calamares y pulpos, de sardinas lenguados y doradas. Sobre el mar abrirán una estela los delfines, como guiando un barco de velas desplegadas, en el que se asomará un piloto, feliz de ver en el horizonte la silueta recortada de su isla. Las olas ser abrirán a su paso, como saludándole.


Esta noche he tenido que deshacer casi la mitad de mi trabajo. Algo falta que no sé lo que es. Pero una de las sirvientas se ha dado cuenta esta mañana, la he visto salir por el portalón del huerto. Y esta misma tarde, los Pretendientes han tenido la desfachatez de echarme en cara que de noche deshago lo que tejo de día. Así que me espían en mi propia casa. Sólo espero que vuelva Telémaco en el momento adecuado. De Odiseo sólo puedo decir que su recuerdo es para mí como una enfermedad, no puedo evitarlo, pero intento pese a todo alejarlo de mi mente. Dejo que su imagen venga a mi cabeza, sus ojos dulces, su forma de andar, el gesto con que cuidaba sus armas. Apenas puedo recordar su rostro, pero a veces viene inesperadamente a mi memoria. Oír su voz me haría temblar como una hoja. Preferiría no pensar, haber muerto y no tener que soportar el largo silencio de su ausencia.


Las criadas que no nos traicionaron están limpiando el patio, preparándolo para el rito de purificación. Esta tarde he podido acabar la colcha, por fin. En la parte superior, donde el embozo, he puesto la escena de un banquete. En la puerta de la casa donde se celebra la reunión, una mujer aguarda con una lámpara; un caminante se le acerca para pedir hospitalidad y su aspecto cansado y polvoriento, encorvado y modesto, contrasta con la ruidosa actitud de los que celebran el banquete. De la pared cuelga un arco, esperando el regreso de su dueño. Un joven aguarda la señal convenida para sacar su espada. Ahora voy a bordar unos signos que Telémaco me ha enseñado, unas letras, con nuestros nombres. Y esta noche, cuando vuelva de casa de Laertes, le enseñaré a leer. Será divertido ver cómo lo intenta, cómo reconstruye los sonidos. Y luego dejaré que me cuente lo que quiera de sus últimos veinte años, o que calle sobre mí, hasta que su rostro se inunde de la satisfacción de quien se encuentra por fin a salvo en su casa.

jueves, julio 19, 2007

La mujer errante.

En su casa había sido la niña rara. Ella se esforzaba por ser como los demás, aprendió las habilidades de la familia, las mismas que su tía Circe, pero consiguió tal dominio de sus artes, su talento era tanto que parecía que todos desconfiaban de ella. Había una especie de admiración y recelo en la actitud de su padre. No tardó mucho en comprender que ese no era su sitio.

Por la bahía veía pasar los barcos, venidos de todos los confines, con todo tipo de mercancías, no siempre agradables. Oía todas las lenguas del mundo, con sus dotes de observación indagaba en todas las costumbres de aquellos hombres misteriosos que llevaban en su rostro escritos los surcos de un mundo sin límites.

Se volvió callada, mientras se movía entre tantos extranjeros que frecuentaban el palacio de su padre, como si quisiera pasar desapercibida. Su mayor alegría entonces era aprender de tantas gentes y soñaba con ir un día a recorrer el mundo.

Aunque lo hubiera intentado, su padre no habría conseguido meterla en el palacio y limitar sus actividades al telar o a los fogones. Tejer la aburría y no lograba concentrarse en la trama; los calderos eran para ella el lugar donde descubrir mezclas maravillosas, cuyos efectos probaba a veces en los comensales.

Y un día llegó a casa el hombre con el que se iría lejos. Puso su destino en sus manos, sabía que no habría vuelta atrás, pero tampoco se le ocurría pensar que no era bueno romper del todo las amarras.

Recorrió el mundo, sí; sirvió de guía en la navegación, hizo los prodigios más asombrosos, se atrevió a decidir la muerte o la vida de quienes les estorbaban en su camino. En todo el tiempo que viajaron juntos, el hombre al que se había unido parecía un misterio. No se había atrevido a tocarla más allá de ciertos límites, no formulaba un elogio ante las habilidades de su prometida, simplemente en medio de todas las vicisitudes seguía adelante, sin fruncir el ceño, como quien recorre en vez de la mar procelosa el ancho patio de su casa solariega. Era parco hasta en el trato de sus camaradas, todos héroes, todos nobles, algunos de más mérito que él. Medea intentaba descifrar el misterio de su mutismo. Tal vez se encerraba en si mismo como ella, para observar y aprender mejor de los otros, ya que había tanto por aprender. O quizá se sentía intimidado por la presencia de hombres de mayor rango que se avenían a obedecerle como capitán de un barco que siempre iba más adelante, más allá.

Cuando llegaron por fin a la casa de su tía, Circe no permitió que Jasón pisara la isla, acogió a su sobrina con hospitalidad, purificó sus manos de los crímenes que había cometido, pero no cayó en la trampa de justificarlos por amor. La advirtió de que iba a un mundo que no la acogería, pero no intentó retenerla a su lado, porque ella era joven y su lugar no estaba en los estrechos límites de una isla que a menudo evitaban los marineros avezados.

Cuando en la tierra de los Feacios celebraron el Himeneo, Medea no sabía si Jasón había dejado que sus sentimientos fluyeran, o si era una estrategia diplomática para evitar una represalia de sus enemigos; lo que importaba es que por fin irían a Yolcos a recuperar su reino, a encontrar un lugar en el mundo.

Pero Yolcos tampoco era su sitio. No podía soportar la mezquindad, la envidiosa mediocridad de cuantos los rodeaban y que siempre la veían a ella como si fuera el trofeo de un cazador, la parte exótica del botín que Jasón se traía a casa para poder mostrar lo mucho que había visto, lo mucho que se había adentrado en lo desconocido, lo mucho que sus hombres lo habían respetado.

Ella de alguna manera buscaba la forma de convivir con los sentimientos encontrados que se cebaban en su carácter apasionado. No toleraba el disimulo, y era lo bastante valiente como para no entender la mentira, la hipocresía. Jasón parecía ignorarla, no se atrevía a mirar en la profundidad de la mente de su esposa, tal vez por miedo, tal vez por simple prejuicio. Su frialdad la torturaba, pero prometía adaptarse, darle hijos y educarlos a la manera griega, ser precisamente aquello que él esperase de ella, así que se pasaba la vida intentando descifrar la voluntad de su marido. Ella, la indómita, la imprevisible, la salvaje, sólo quería la dedicación que se requiere para ser domesticado, para que entre ellos hubiera un vínculo inalterable, más allá de la costumbre o de la rutina, un lazo de pertenencia y reciprocidad.

Pese a sus esfuerzos, todo esto no era sino un espejismo. Tuvieron que huir de Yolcos como de la Cólquide. Se les acogió en Corinto. ¿De qué vive un héroe que está en el exilio? Medea sabía todo tipo de ungüentos, de remedios y fármacos que dispensaba a quien pudiera pagarlos, y sin que Jasón lo notara, era ella la que conseguía que no faltara nodriza o pedagogo en el servicio doméstico de un palacio prestado. Se decía de ella por todo Corinto, pronto por toda Grecia, que era sabia, término que aplicado a una mujer no dejaba de sonar terrible. El que se hiciera célebre su asombroso talento no la beneficiaba.

Pero los planes de Jasón no tenían en cuenta la voluntad de Medea, como si ella fuera sólo una parte más de los acompañantes que había encontrado en su camino. Decidió quedarse en Corinto, ceder a todo cuanto su nueva familia le pidiera, pero incapaz de serle leal, le mentía una y otra vez con excusas que anidaban en la mente siempre vigilante de una mujer que se sabía menospreciada.

Sólo una cosa habría podido evitar el desastre. Quizá si Jasón por una vez hubiera reunido el valor de mirar a los ojos a Medea y reconocer que no la amaba, que no era capaz de amar, pero que realmente la había necesitado tanto que hasta entonces había confundido, como suele pasar, necesidad y amor; quizá si Jasón hubiera sido por fin el héroe valiente que ella esperaba, y no hubiera tenido miedo a enfrentarse a sus propios sentimientos; quizá si la hubiera tratado por fin como a su igual, Medea habría aceptado su situación, aunque no compartiera sus motivos. Le habría roto igualmente el corazón, pero no se habría ensañado contra sus propios hijos a los que no quería darles la oportunidad de crecer entre la hipocresía y la mentira, la cobardía y la mediocridad de los griegos.

jueves, junio 21, 2007

Mensaje de Morfeo


"Encontré la llave en mi bolsillo y una vez más abrí la puerta del piso donde tanto nos habíamos amado.
Todo guardaba el orden esperado por mi memoria. Los muebles, en la misma distribución que tanto trabajo nos había dado la última vez; su portatil sobre la mesa junto a la ventana, de la que colgaban lánguidos los visillos gastados de siempre.
Dejé las llaves en la repisa de la entrada, donde todavía estaban algunas postales navideñas.
Me entró sed y quise prepararme un café y echar un cigarrillo.
Y allí estaba ella. De pie junto a la despensa. La miré aturdido. La luz del patio entraba sonrosada iluminando la estrecha cocina. Ella llevaba su blusa anaranjada y los vaqueros que tanto me gustaban.
Me miró como extrañada por mi desconcierto.
-Pero tú, ¿tú no habías muerto? Fue lo que atiné a balbucir, como pidiendo perdón por mi incredulidad. Y ella, con la gracia con la que hablaría con un niño confundido, sonrió como siempre.
- Estoy bien. No me he ido. No tienes que preocuparte por nada.
Me prestó en ese instante toda su atención y luego, como si fuera lo más normal del mundo, siguió con lo que estaba haciendo. La cafetera quedó lista y se puso a trajinar por los armarios preparándolo todo, como si nunca se hubiera ido, como si nunca nos hubiéramos separado.

Me sentí tan aliviado. De repente yo era ligero. Todo estaba en su sitio. ¿Cómo pude dudar de que todo estaba en orden? ¿Por qué no había vuelto antes, por qué me había mudado?
Se sentó conmigo en la mesa del rincón de la cocina. Tomamos juntos el café. Reímos abrazados, como siempre.

Luego, esta mañana me he levantado como transfigurado. Por primera vez desde hace meses elegí los pantalones y la camisa que a ella le gustaban y he venido a trabajar sin que me pesara. Es todo tan extraño. Me parece que estar ahora contándote aquí todo esto es menos real que lo que vi, lo que viví anoche en sueños."

Se quedó callado y nos unía un mismo nudo en la garganta. Creo que no esperaba que le dijera nada. Guardé silencio como cuando se está ante un prodigio, y sólo al cabo de un rato, cuando se nos acababa el cigarrillo y el aire húmedo de la calle nos invitaba a volver al trabajo, recordé lo que había leído hace muchísimo tiempo.
Era un mensaje sin duda. Un mensaje verdadero, para que tuviera testimonio de un vínculo de amor perdurable más allá del Olvido.

domingo, junio 10, 2007

Himno a NAVTICA


Voy a empezar celebrando a la Musa reciente,

que recorre el espacio cargado de redes, y asiste

a los que perdidos naufragan por ella.

Cierto es que se dice que son nueve las Musas,

pero, con permiso de Safo, a la undécima musa

desde hoy no olvidaré en mis cantos.

Sus dominios surcamos devotos blogeros y gente variada adicta a los bites,

Al nacer, la nueva hija de Mnemosine corría el riesgo

de llamarse E-musa o, peor, Musabloger, Musatechno...

Pero Dike y Palas asistieron al parto

y Nautica se llama aquella que, invocada en nuestro faenar

cotidiano, nos salva. Oh, hija de Zeus, predilecta de Hermes.

Hay quien te llama Naútica, oh diosa, pero otros

Nautica, y tú ninguna invocación rechazas,

porque nos perdonas las tildes, mas no el Unicode.

A ti, pues con la ayuda del foro que habita en Chirón

salvaste mi Hilo de las incompatibilidades de Gates

y me iluminaste para cambiar de plantilla a golpe de click,

celebremos entonando cantares que sean gratos a ti y tus hermanas.

Sénos propicia, oh Nautica, y acoge con benevolencia mi canto.



Gracias a Ana y a Beatriz por avisarme de un error en la carga de la página desde el insidioso Internet Explorer.
(Y que me perdone Calímaco, a cuyos Himnos dediqué unos pocos años.)

viernes, abril 27, 2007

La mirada del otro. Acteón.

Antes de que empezara a atardecer, Ártemis se había separado de sus amigas en el sagrado bosque del Anauro. Al regresar a su carro, le llegó el rastro de la cierva del monte Cerinio, que se le había escapado hacía poco. Vio huellas recientes, y su olfato le indicó en qué dirección debía seguir. Si se daba prisa la alcanzaría y le daría tiempo de regresar a la asamblea de los dioses. Ante su paso ágil el bosque se abría, los olores se dilataban, la luz del atardecer hacía más precisos los contornos, ahí en un claro se la veía lejos del alcance de los humanos.

La diosa sabía que no le era lícito recuperarla, sólo quería asegurarse de que seguía como una criatura libre en su medio, sin que la molestaran los cazadores con sus artimañas.

Se disponía a volver al Olimpo cuando notó una presencia extraña, salio corriendo pero la cinta de una sandalia se desató y la hizo resbalar. Era consciente de que se encontraba en una actitud un tanto ridícula, había caído sobre sus nalgas y el pie había sufrido un ligero tirón al resbalar. Pero no podía moverse, tenía que quedarse quieta, porque un muchacho que había oído el ruido de la hojarasca se acercaba y no debía saber que los dioses frecuentaban esos lugares.

El muchacho, cazador sin duda, se acercó extrañado de ver a una mujer sola en el bosque. Contuvo a sus perros y con cierta rudeza le preguntó qué había pasado, ella no respondió. Él quiso saber de dónde era, qué hacía por ahí, cuando reparó en la sandalia rasgada y pensó que era eso lo que la detenía.

Se acercó y con una inesperada delicadeza liberó el pie y lo masajeó. En su pueblo su tía la curandera le había enseñado cuanto debe saberse sobre golpes, esguinces y torceduras. Ártemis enmudecía y un rubor involuntario le hacía apartar la mirada, mientras las hábiles manos estiraban los tendones y amasaban la planta con un cuidado que ella no esperaba. Olía a sudor y a bosque, a la hoguera que había encendido para prepararse el condumio con los compañeros. ¿Qué hacía solo él? ¿Era un furtivo o seguía el rastro de la cierva que le estaba vetada?

Cuando le tendió la mano para que se levantara, la notó cálida y áspera dentro de la suya, pero siguió sin hablar. Y antes de que él pudiera seguir preguntando se escabulló entre la niebla que el atardecer convocaba entre los árboles.

Cada vez que se reunía con sus amigas prestaba atención por si había rastro del muchacho. Sabía que él perseguía sus huellas, que subía al monte casi a diario no sólo por las liebres o los jabalíes. Temía que sucediera lo que no le era lícito, pero ella no podía evitarlo.

Un día de sol en el corazón del bosque donde ni la cierva de Cerinia, se atreve a adentrarse, en un remanso del río, Ártemis se soltó la diadema, desató las sandalias y con las compañeras más fieles inició su baño. El mediodía aniquilaba las sombras, y al calor del estío la vida parecía detenerse. Su cuerpo blanco resplandecía al sol y las muchachas chapoteaban entre risas, jugando a esconderse las ropas. Entonces se oyó a los perros que llegaban siguiendo un rastro, y tras ellos a su dueño, Acteón, que vio por un instante la desnudez de la diosa.

Ártemis apartó la vista, no por pudor, sino porque sabía el horror que vendría luego. No podía impedirlo, era la ley que separa a dioses y mortales. En presencia de la diosa, sin que esta dictara palabra, los perros obedecieron sus órdenes y acosaron a su amo que cayó al instante, presa de sus propios perros. Una mancha roja salpicó el agua del remanso, entre los gritos de las chicas, que escapaban del reguero.

domingo, marzo 25, 2007

Helena en la incertidumbre.


Cuantas habían sobrevivido al asedio y no habían caído víctimas del asalto final, fueron hacinadas en una tienda del campamento enemigo, vigiladas por soldados a las órdenes directas del general, que no quería más problemas con la tropa a causa de las mujeres.

En la oscuridad buscaban a tientas un referente. Estaban aturdidas. No podían esconderse del hedor del agua contaminada de sangre, de las casas de adobe incendiadas, ni de la angustia de las horas previas. Acababan de perder todo lo que conocían, despojadas de sus casas, de sus familias, estaban rodeadas de hombres extraños, cuya lengua sólo algunas conocían lo suficiente, hombres que las llevarían en sus barcos con el resto del botín. Pero ellas aun estaban en manos del desconcierto y no podían pensar en lo que pasaría.

De entre todas, la más vieja era la reina, que había soportado cuantas desgracias podían imaginarse. De la familia real no quedaban niñas con vida. No habían dejado vivo a un solo hombre, aunque un puñado de ellos pudo huir, y a los niños que estaban con sus madres las separaron de éstas para que no pudiera crecer con ellos el afán de una posterior venganza.

Los generales se reunieron para decidir el reparto del botín, por el que no hubo tanta disputa, pese a todo, pues hartos de saquear a gusto, roncas las gargantas de gritar mientras reducían a cenizas la ciudad, sólo pensaban ya en volver cuanto antes, y las mujeres ya no valían ni su dote, pues no quedaba nadie que estuviera dispuesto a presentar un cuantioso rescate para liberarlas. Sólo serían útiles si podían cambiarlas en el próximo puerto al que llegaran por algo que les garantizara el avituallamiento en el camino de regreso.

Por supuesto, estaban las princesas para capricho de algunos generales; exhibir, por ejemplo, a Andrómaca llorosa ante una fuente diciendo: “Esa mujer de porte magnífico que friega los cacharros de mi casa, fue la mujer de Héctor, el de penacho tremolante, y ahora algunas noches comparte mi lecho.” Pero la mayoría ya no tenían ni siquiera un nombre, algunas ni la cordura, y Casandra, que sabía que una vez más un deseo indomable se había apoderado de Agamenón, vaticinaba en vano que sería la ruina de la casa de Atreo, aunque a ella misma le costaría la vida.

Sólo una de todas ellas tenía aún un marido, y temblaba pensando que volvería a verlo.

Fueron saliendo en grupo, según las distribuyeron en lotes, y al final solo quedó ella, la extranjera, la única que podía haber indicado al enemigo cómo robar la estatua sagrada de Atenea, cómo moverse a oscuras en la ciudad que ingenuamente había aceptado el caballo de madera.

Cuando la llamaron para que saliera, había empezado a despuntar el alba. Menelao la vio y en seguida olvidó cuanto pensaba decirle. Le puso un velo, la tapó con un manto y sin decir una palabra la tomó de la mano, mientras un esclavo con una antorcha presidía la comitiva, como en unas bodas forzosas. Helena con la mirada baja no daba crédito a lo que pasaba. Ni una palabra de reproche, ni una pregunta, ni un mal gesto. El sólo quería llevarla a su cama, subirla a su nave y volver, por fin, diciendo: “Por ella fui y con ella he vuelto”.

Y a pesar de los años trascurridos, quien la viera conducida de la mano de su esposo abandonado, con la ropa hecha jirones, cansada, temblando de frío, olvidaría los esfuerzos de la guerra, las ausencias siempre demasiado largas, las iras, los duelos y las armas. Igual había sucedido cuando, a la llegada a Troya, Paris la presentó en palacio y aunque todos sabían que con ella llegaría la excusa para una guerra anunciada, la veían y olvidaban todo el sufrimiento que habría de venir y el que hubieran pasado, pues tenerla cerca era un bálsamo para el corazón.

Pasaron los años. Pese a la dureza del exilio, muchas troyanas sobrevivieron en la esclavitud y criaron a los hijos de los griegos. A veces, de noche les contaban historias de los tiempos pasados, de la cólera de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes ...

lunes, enero 08, 2007

Un hombre honesto.


Hay una virtud más alta que la inteligencia o la bondad, más compleja y sutil y por eso menos frecuente, la honestidad.

Ser honesto no consiste en no engañar, en cumplir con el deber. Es elegir precisamente hacer lo que se debe hacer. Hay que tener por tanto, discernimiento y determinación. Y sólo un hombre libre puede llegar a ser honesto.

De entre todos los héroes que nos ha legado Grecia, uno responde a la perfección a este modelo. El más desgraciado: el que todo lo tuvo y todo lo perdió.

Cuando el dios le dijo que mataría a su padre y se acostaría con su madre, escogió hacer lo que su inteligencia le indicó que debía. Otro más cínico se hubiera quedado en Corinto en la esperanza de no ser, como se rumoreaba, sangre de la sangre de Pólibo.

Cuando se topó con la esfinge y vio el sufrimiento de Tebas, puso todo su ingenio en liberar la ciudad. Resolvió el acertijo no por ansia de poder o por vanidad, sino porque, puesto que era capaz, debía hacerlo y eligió hacerlo.

Cuando los tebanos le ofrecieron el trono y la mano de la reina viuda, Edipo se sintió afortunado. Los dioses le habían concedido un lugar bajo el sol, a él que incluso lo habían confundido con un simple vagabundo. Amó Tebas como su patria y aprendió a querer a la reina. Eligió hacer que siguiera la estirpe real y tuvo cuatro hermosos hijos, garantía de que los dioses estaban de su lado.

Con igual determinación se enfrentó a la peste, decidió a no dejar sin castigo al asesino de Layo. Y fue la misma mano que promulgó el edicto la que cegó los ojos que ya no sabían llorar.

Quizá sólo hizo mal una cosa, pero es que no hay honestidad incólume. No se apartó del caminó del rey con el que se encontró en las laderas del Parnaso, cuando tras consultar el oráculo su alma aún tan joven bullía en la tensión de tener que decidir hacer lo que tenía que hacer.

Algunos llaman a su honestidad destino. No, el destino es otra cosa, es Yocasta y es Antígona, pero no Edipo.

Imagen de Esfinge del Museo de Cerámico en Atenas, tomada de Magonia