domingo, marzo 25, 2007

Helena en la incertidumbre.


Cuantas habían sobrevivido al asedio y no habían caído víctimas del asalto final, fueron hacinadas en una tienda del campamento enemigo, vigiladas por soldados a las órdenes directas del general, que no quería más problemas con la tropa a causa de las mujeres.

En la oscuridad buscaban a tientas un referente. Estaban aturdidas. No podían esconderse del hedor del agua contaminada de sangre, de las casas de adobe incendiadas, ni de la angustia de las horas previas. Acababan de perder todo lo que conocían, despojadas de sus casas, de sus familias, estaban rodeadas de hombres extraños, cuya lengua sólo algunas conocían lo suficiente, hombres que las llevarían en sus barcos con el resto del botín. Pero ellas aun estaban en manos del desconcierto y no podían pensar en lo que pasaría.

De entre todas, la más vieja era la reina, que había soportado cuantas desgracias podían imaginarse. De la familia real no quedaban niñas con vida. No habían dejado vivo a un solo hombre, aunque un puñado de ellos pudo huir, y a los niños que estaban con sus madres las separaron de éstas para que no pudiera crecer con ellos el afán de una posterior venganza.

Los generales se reunieron para decidir el reparto del botín, por el que no hubo tanta disputa, pese a todo, pues hartos de saquear a gusto, roncas las gargantas de gritar mientras reducían a cenizas la ciudad, sólo pensaban ya en volver cuanto antes, y las mujeres ya no valían ni su dote, pues no quedaba nadie que estuviera dispuesto a presentar un cuantioso rescate para liberarlas. Sólo serían útiles si podían cambiarlas en el próximo puerto al que llegaran por algo que les garantizara el avituallamiento en el camino de regreso.

Por supuesto, estaban las princesas para capricho de algunos generales; exhibir, por ejemplo, a Andrómaca llorosa ante una fuente diciendo: “Esa mujer de porte magnífico que friega los cacharros de mi casa, fue la mujer de Héctor, el de penacho tremolante, y ahora algunas noches comparte mi lecho.” Pero la mayoría ya no tenían ni siquiera un nombre, algunas ni la cordura, y Casandra, que sabía que una vez más un deseo indomable se había apoderado de Agamenón, vaticinaba en vano que sería la ruina de la casa de Atreo, aunque a ella misma le costaría la vida.

Sólo una de todas ellas tenía aún un marido, y temblaba pensando que volvería a verlo.

Fueron saliendo en grupo, según las distribuyeron en lotes, y al final solo quedó ella, la extranjera, la única que podía haber indicado al enemigo cómo robar la estatua sagrada de Atenea, cómo moverse a oscuras en la ciudad que ingenuamente había aceptado el caballo de madera.

Cuando la llamaron para que saliera, había empezado a despuntar el alba. Menelao la vio y en seguida olvidó cuanto pensaba decirle. Le puso un velo, la tapó con un manto y sin decir una palabra la tomó de la mano, mientras un esclavo con una antorcha presidía la comitiva, como en unas bodas forzosas. Helena con la mirada baja no daba crédito a lo que pasaba. Ni una palabra de reproche, ni una pregunta, ni un mal gesto. El sólo quería llevarla a su cama, subirla a su nave y volver, por fin, diciendo: “Por ella fui y con ella he vuelto”.

Y a pesar de los años trascurridos, quien la viera conducida de la mano de su esposo abandonado, con la ropa hecha jirones, cansada, temblando de frío, olvidaría los esfuerzos de la guerra, las ausencias siempre demasiado largas, las iras, los duelos y las armas. Igual había sucedido cuando, a la llegada a Troya, Paris la presentó en palacio y aunque todos sabían que con ella llegaría la excusa para una guerra anunciada, la veían y olvidaban todo el sufrimiento que habría de venir y el que hubieran pasado, pues tenerla cerca era un bálsamo para el corazón.

Pasaron los años. Pese a la dureza del exilio, muchas troyanas sobrevivieron en la esclavitud y criaron a los hijos de los griegos. A veces, de noche les contaban historias de los tiempos pasados, de la cólera de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes ...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

interersante, corta y agradable de leer esta breve sipnosis, de lo que pudo sentir Helena, personaje de extremos (pues la adoras o la odias, no puede haber termino medio).....es culpable o no?, que tanto se quiere reflejar la incertidumbre del comportamiento femenino con este epopeyico personaje?.

Olga dijo...

Pues a mi me resulta completamente críptica, no sé lo que siente, ni lo que piensa. Y no parece importarle a nadie. A lo mejor tenía razón Eurípides y lo que realmente fue a Troya era un simulacro, un bello engaño de los dioses, no una mujer de verdad. No, no puede ser culpalble, siempre deciden por ella.
Creo que en todo caso es el prototipo femenino, la mujer tal como la sueñan los hombres, claro.

No sé si he sabido trasmitir los efectos de su belleza en medio de la destrucción. Me resulta una imagen sobrecogedora.

Beatriz dijo...

Encantada voy hojeando tu blog y descubriendo que era verdad que todos aquellos personajes solamente dormían, esperaban, si acaso, su eterna espera como Calíope en su isla.
Mi alegría cuando leí hace tiempo "Fuegos" de Marguerite Yourcenar se renueva ahora.
En cuanto a Elena, no creo que pueda remediarse, como tampoco los hombres que la contemplan, la desean, la interpretan y en ella -ya que no con ella- se pierden. Para mí siempre ha sido una flor callada y trágica.
Enhorabuena, sigue deletreándonos historias.

Edel Zavala Regalado dijo...

Hacinadas.

Hacecho del instinto, del tipo fuerte en el origen de la tragedia.

Pregunta por el sujeto del sustantivo.

Por que este tipo fuerte TIENE la colera del Aquiles, y no la muerte.

Ipso Facto.

el hecho de que la pulsión este dirigida al campo de batalla o a las mujeres o al sol o a la noche de calor es antecedente necesario de que hay compañeros o no hay de ellos.