jueves, julio 19, 2007

La mujer errante.

En su casa había sido la niña rara. Ella se esforzaba por ser como los demás, aprendió las habilidades de la familia, las mismas que su tía Circe, pero consiguió tal dominio de sus artes, su talento era tanto que parecía que todos desconfiaban de ella. Había una especie de admiración y recelo en la actitud de su padre. No tardó mucho en comprender que ese no era su sitio.

Por la bahía veía pasar los barcos, venidos de todos los confines, con todo tipo de mercancías, no siempre agradables. Oía todas las lenguas del mundo, con sus dotes de observación indagaba en todas las costumbres de aquellos hombres misteriosos que llevaban en su rostro escritos los surcos de un mundo sin límites.

Se volvió callada, mientras se movía entre tantos extranjeros que frecuentaban el palacio de su padre, como si quisiera pasar desapercibida. Su mayor alegría entonces era aprender de tantas gentes y soñaba con ir un día a recorrer el mundo.

Aunque lo hubiera intentado, su padre no habría conseguido meterla en el palacio y limitar sus actividades al telar o a los fogones. Tejer la aburría y no lograba concentrarse en la trama; los calderos eran para ella el lugar donde descubrir mezclas maravillosas, cuyos efectos probaba a veces en los comensales.

Y un día llegó a casa el hombre con el que se iría lejos. Puso su destino en sus manos, sabía que no habría vuelta atrás, pero tampoco se le ocurría pensar que no era bueno romper del todo las amarras.

Recorrió el mundo, sí; sirvió de guía en la navegación, hizo los prodigios más asombrosos, se atrevió a decidir la muerte o la vida de quienes les estorbaban en su camino. En todo el tiempo que viajaron juntos, el hombre al que se había unido parecía un misterio. No se había atrevido a tocarla más allá de ciertos límites, no formulaba un elogio ante las habilidades de su prometida, simplemente en medio de todas las vicisitudes seguía adelante, sin fruncir el ceño, como quien recorre en vez de la mar procelosa el ancho patio de su casa solariega. Era parco hasta en el trato de sus camaradas, todos héroes, todos nobles, algunos de más mérito que él. Medea intentaba descifrar el misterio de su mutismo. Tal vez se encerraba en si mismo como ella, para observar y aprender mejor de los otros, ya que había tanto por aprender. O quizá se sentía intimidado por la presencia de hombres de mayor rango que se avenían a obedecerle como capitán de un barco que siempre iba más adelante, más allá.

Cuando llegaron por fin a la casa de su tía, Circe no permitió que Jasón pisara la isla, acogió a su sobrina con hospitalidad, purificó sus manos de los crímenes que había cometido, pero no cayó en la trampa de justificarlos por amor. La advirtió de que iba a un mundo que no la acogería, pero no intentó retenerla a su lado, porque ella era joven y su lugar no estaba en los estrechos límites de una isla que a menudo evitaban los marineros avezados.

Cuando en la tierra de los Feacios celebraron el Himeneo, Medea no sabía si Jasón había dejado que sus sentimientos fluyeran, o si era una estrategia diplomática para evitar una represalia de sus enemigos; lo que importaba es que por fin irían a Yolcos a recuperar su reino, a encontrar un lugar en el mundo.

Pero Yolcos tampoco era su sitio. No podía soportar la mezquindad, la envidiosa mediocridad de cuantos los rodeaban y que siempre la veían a ella como si fuera el trofeo de un cazador, la parte exótica del botín que Jasón se traía a casa para poder mostrar lo mucho que había visto, lo mucho que se había adentrado en lo desconocido, lo mucho que sus hombres lo habían respetado.

Ella de alguna manera buscaba la forma de convivir con los sentimientos encontrados que se cebaban en su carácter apasionado. No toleraba el disimulo, y era lo bastante valiente como para no entender la mentira, la hipocresía. Jasón parecía ignorarla, no se atrevía a mirar en la profundidad de la mente de su esposa, tal vez por miedo, tal vez por simple prejuicio. Su frialdad la torturaba, pero prometía adaptarse, darle hijos y educarlos a la manera griega, ser precisamente aquello que él esperase de ella, así que se pasaba la vida intentando descifrar la voluntad de su marido. Ella, la indómita, la imprevisible, la salvaje, sólo quería la dedicación que se requiere para ser domesticado, para que entre ellos hubiera un vínculo inalterable, más allá de la costumbre o de la rutina, un lazo de pertenencia y reciprocidad.

Pese a sus esfuerzos, todo esto no era sino un espejismo. Tuvieron que huir de Yolcos como de la Cólquide. Se les acogió en Corinto. ¿De qué vive un héroe que está en el exilio? Medea sabía todo tipo de ungüentos, de remedios y fármacos que dispensaba a quien pudiera pagarlos, y sin que Jasón lo notara, era ella la que conseguía que no faltara nodriza o pedagogo en el servicio doméstico de un palacio prestado. Se decía de ella por todo Corinto, pronto por toda Grecia, que era sabia, término que aplicado a una mujer no dejaba de sonar terrible. El que se hiciera célebre su asombroso talento no la beneficiaba.

Pero los planes de Jasón no tenían en cuenta la voluntad de Medea, como si ella fuera sólo una parte más de los acompañantes que había encontrado en su camino. Decidió quedarse en Corinto, ceder a todo cuanto su nueva familia le pidiera, pero incapaz de serle leal, le mentía una y otra vez con excusas que anidaban en la mente siempre vigilante de una mujer que se sabía menospreciada.

Sólo una cosa habría podido evitar el desastre. Quizá si Jasón por una vez hubiera reunido el valor de mirar a los ojos a Medea y reconocer que no la amaba, que no era capaz de amar, pero que realmente la había necesitado tanto que hasta entonces había confundido, como suele pasar, necesidad y amor; quizá si Jasón hubiera sido por fin el héroe valiente que ella esperaba, y no hubiera tenido miedo a enfrentarse a sus propios sentimientos; quizá si la hubiera tratado por fin como a su igual, Medea habría aceptado su situación, aunque no compartiera sus motivos. Le habría roto igualmente el corazón, pero no se habría ensañado contra sus propios hijos a los que no quería darles la oportunidad de crecer entre la hipocresía y la mentira, la cobardía y la mediocridad de los griegos.

2 comentarios:

franfer dijo...

Muy interesante el blog y muy instructivo. Hay que quitarse el sombrero ante los divulgadores, que hay pocos. Un saludo.

Olga dijo...

Gracias, de verdad. La divulgación me parece algo muy difícil. Yo no sé si lo hago, pero desde luego me parece muy necesaria.