viernes, abril 27, 2007

La mirada del otro. Acteón.

Antes de que empezara a atardecer, Ártemis se había separado de sus amigas en el sagrado bosque del Anauro. Al regresar a su carro, le llegó el rastro de la cierva del monte Cerinio, que se le había escapado hacía poco. Vio huellas recientes, y su olfato le indicó en qué dirección debía seguir. Si se daba prisa la alcanzaría y le daría tiempo de regresar a la asamblea de los dioses. Ante su paso ágil el bosque se abría, los olores se dilataban, la luz del atardecer hacía más precisos los contornos, ahí en un claro se la veía lejos del alcance de los humanos.

La diosa sabía que no le era lícito recuperarla, sólo quería asegurarse de que seguía como una criatura libre en su medio, sin que la molestaran los cazadores con sus artimañas.

Se disponía a volver al Olimpo cuando notó una presencia extraña, salio corriendo pero la cinta de una sandalia se desató y la hizo resbalar. Era consciente de que se encontraba en una actitud un tanto ridícula, había caído sobre sus nalgas y el pie había sufrido un ligero tirón al resbalar. Pero no podía moverse, tenía que quedarse quieta, porque un muchacho que había oído el ruido de la hojarasca se acercaba y no debía saber que los dioses frecuentaban esos lugares.

El muchacho, cazador sin duda, se acercó extrañado de ver a una mujer sola en el bosque. Contuvo a sus perros y con cierta rudeza le preguntó qué había pasado, ella no respondió. Él quiso saber de dónde era, qué hacía por ahí, cuando reparó en la sandalia rasgada y pensó que era eso lo que la detenía.

Se acercó y con una inesperada delicadeza liberó el pie y lo masajeó. En su pueblo su tía la curandera le había enseñado cuanto debe saberse sobre golpes, esguinces y torceduras. Ártemis enmudecía y un rubor involuntario le hacía apartar la mirada, mientras las hábiles manos estiraban los tendones y amasaban la planta con un cuidado que ella no esperaba. Olía a sudor y a bosque, a la hoguera que había encendido para prepararse el condumio con los compañeros. ¿Qué hacía solo él? ¿Era un furtivo o seguía el rastro de la cierva que le estaba vetada?

Cuando le tendió la mano para que se levantara, la notó cálida y áspera dentro de la suya, pero siguió sin hablar. Y antes de que él pudiera seguir preguntando se escabulló entre la niebla que el atardecer convocaba entre los árboles.

Cada vez que se reunía con sus amigas prestaba atención por si había rastro del muchacho. Sabía que él perseguía sus huellas, que subía al monte casi a diario no sólo por las liebres o los jabalíes. Temía que sucediera lo que no le era lícito, pero ella no podía evitarlo.

Un día de sol en el corazón del bosque donde ni la cierva de Cerinia, se atreve a adentrarse, en un remanso del río, Ártemis se soltó la diadema, desató las sandalias y con las compañeras más fieles inició su baño. El mediodía aniquilaba las sombras, y al calor del estío la vida parecía detenerse. Su cuerpo blanco resplandecía al sol y las muchachas chapoteaban entre risas, jugando a esconderse las ropas. Entonces se oyó a los perros que llegaban siguiendo un rastro, y tras ellos a su dueño, Acteón, que vio por un instante la desnudez de la diosa.

Ártemis apartó la vista, no por pudor, sino porque sabía el horror que vendría luego. No podía impedirlo, era la ley que separa a dioses y mortales. En presencia de la diosa, sin que esta dictara palabra, los perros obedecieron sus órdenes y acosaron a su amo que cayó al instante, presa de sus propios perros. Una mancha roja salpicó el agua del remanso, entre los gritos de las chicas, que escapaban del reguero.