jueves, agosto 02, 2007

La espera

Como cada verano, hemos celebrado el nacimiento de nuestra Patrona y ha venido, una vez más, el cantor que cada año recorre estas tierras. Su llegada ha sido, como siempre, motivo de celebración. Cada vez más ciego, más encorvado, nos ha ido encantando con sus coplas de hazañas. Empezó con el rapto de Helena y alguien le gritó que cambiara de repertorio, que esa historia era ya muy vieja. Muy vieja. Como movida por un resorte, en medio de la fiesta me he levantado, me temblaban los labios pero no dije nada. Alguno de los invitados tildó enseguida de grosero al que osó interrumpir al viejo servidor de Apolo y yo he contado los veranos que han pasado desde que Demódoco viene a cantarnos, y me he dado cuenta de que fue hace veinte años cuando Paris se llevó a Helena, veinte años de nuestra boda, veinte años de la convocatoria de Menelao. Todo había pasado hace veinte años. Miré a mi hijo, comprendí muchas cosas. Sentado entre los jóvenes algunas de mis sirvientas no podían evitar regalarle sonrisas. Ya poco falta para que tenga dieciocho, Mentor se lo lleva cada mañana a recorrer el reino de su padre, a aprender de cada rincón de esta tierra todo lo que le conviene saber. Yo me he sentido tan vieja. Esa noche en el torreón hablé un buen rato con el cantor, su compañía siempre me ha serenado, pero cuando se marchó, fui a mi habitación y no pude dormir. Palpé mis muslos y mis pechos, toqué mi frente, me encontré marchita. Lloré una vez más.

Me dijo Demódoco, que siempre trae coplas y noticias, a veces habladurías, me dijo que hay personas que saben atrapar las palabras, que las pegan en algo parecido a una tela y la llevan consigo o hacen que lleguen a quien sabe liberarlas de nuevo sólo con ver la tela en la que han quedado cautivas. Ojalá tuviera yo ese don. Entonces cada noche atraparía las palabras, palabras que diría en voz muy baja, pegándome a la trama en la que han de vivir aprisionadas, para que no lleguen a otros oídos. Las dejaría bien prietas en la urdimbre y se las mandaría a él, para que sólo volaran ante sus ojos, para que sólo él les diera otra vez alas. Y quizá cuando fueran libres de nuevo, volverían a mí, como presagio de tiempos mejores.


Antes de que partiera, un año más desde hace ya casi diez, ahora lo sé con precisión, le pregunté a Demódoco si sabía algo de él; le pedí que si se lo encontraba le dijera que yo seguía aquí, que su hijo crecía en su ausencia. Pero callé la situación de mi casa. Y él me preguntó cómo lo reconocería, si se cruzaba en su camino. Y no supe qué decir. Cómo explicarle a un ciego cómo es un hombre al que hace casi veinte años que no veo.


Las sorprendí fisgoneando en mis habitaciones, sentí en mi rostro que me enrojecían sus risitas descaradas de quince años, sus pasos apresurados, su mirada retadora y fugaz. Ellas no saben que de noche velo. Que oigo los pasos más ligeros por los corredores de la casa, cuando se supone que están cerrados los postigos y nadie puede entrar. Ellas no saben que no me fío de nadie. En seguida les he mandado que suban el telar a lo alto del torreón del sur, el que está junto a mis habitaciones, Seguro que han dudado de si estaba en mis cabales. Para qué querrá la vieja tener allá arriba todo esto. Pero han cargado con pesas, ovillos, husos, tintes y urdimbres los cuatro pisos del torreón. Y cuando todo estaba arriba, pensé por un momento en hacer que lo bajaran todo otra vez, pero la luz del mediodía me ha dado en la cara; la mar se veía clara, hasta las sombras de otra isla. Ahí podría encerrarme a trabajar y a la vez estar vigilante.


-“A qué estás esperando”-, los hombres se arremolinaban en el patio, cuando se suponía que, acabadas las fiestas, debían volver cada uno a su hacienda. –“Reina, no lo demores más, elige al que prefieras, tienes dónde escoger.” Los miré fingiendo que me sorprendían, o incluso que me halagaban sus pretensiones. Les recordé que no era viuda y no podía por tanto disponer de nada. Que mi casa era en realidad de Telémaco. Uno de ellos me respondió tajante que el rey no iba a volver, que tiempo había tenido más que suficiente, que nadie daba razón de él, y que al haber desaparecido, tenía yo la obligación de elegir entre sus iguales a quien ocupara su puesto en mi cama y en la asamblea.

Volvieron a temblarme los labios y volví a sentir que la ira me enrojecía, pero me contuve. No contradije nada. Respondí que siendo así, era normal que me permitieran tomar la decisión más acertada para mí y para Ítaca, que no quería despreciar a ninguno, pero que cuando la elección estuviera hecha les convocaría en mi palacio. Marcharon incrédulos y creí ingenuamente que tendría un respiro, pero a la tarde siguiente, alguno vino a traerme quesos, otro me mandó corderillos para nuestras bodas, otro una tela para el vestido que llevaría cuando me desposara con él. No iban a dejarme tranquila. A los pocos días volvían a estar todos delante de mí, reclamando mi decisión. Recordé que el telar estaba arriba. Les dije que prepararía el ajuar y cuando estuviera listo daría mi mano al mejor de todos.


Tejer una colcha para mi cama. Una tela fina que huela a primavera, que reúna los colores más vibrantes, que invoque a los dioses que protegen el tálamo. Sería una tomadura de pelo. Qué fértil unión podría esperarse. Si volviera a casarme, no sobreviviría ni a un parto. Cuál de esos rufianes babeantes mancharía la tela en la que debo trabajar. Esa tela en la que yo habría querido atrapar las palabras que callaba cada noche. No tejería para ellos, no. Lo haría para él. Nadie sabría el mensaje que le mandaría, nadie espiaría mi labor.


La luna parecía girar en medio de la noche tórrida. ¿Y si Odiseo no vuelve? Si mañana me llegara un mensajero fiable que me diera una prueba irrefutable de que no va a volver, ¿qué debería hacer entonces? La ausencia no tendría remedio, sé que lo añoraré hasta que me fallen las fuerzas o la memoria. Pero no puedo perder a Telémaco. He de elegir al hombre que pueda ser su aliado, alguien sin mayores ambiciones que estar seguro en mi casa. Y mientras, ganaré tiempo para Telémaco, para que se haga respetar por esa panda de parásitos.


La tela estará compuesta a franjas. Alrededor, una guirnalda de flores y en el centro distintas escenas. En la primera estarán los animales del monte y las aves que acuden a saludar a la Señora de las Fieras, la que protege la vida feraz y garantiza la fertilidad de nuestra isla.


Mentor y Telémaco partieron esta mañana en busca de nuevas de Odiseo. Me he comprometido a tomar la decisión cuando esté de vuelta. Mientras, dedico todo mis esfuerzos a la colcha que habrá de cobijarme. Pero a menudo, de noche, cuando me desvelo tengo que deshacer todo lo que he podido urdir porque descubro los fallos, la trama que se tuerce aquí, un nudo que no está bien disimulado, o tintes que no han quedado bien. Adoro ponerme en el telar, sólo aspiro a tejer la más hermosa tela, a perfeccionarla tramo a tramo, a hacer más gráciles las figuras, más equilibrada la composición, como si fueran mis sueños fugitivos los que aparecen ahí. Y aunque no lo consiga, al intentarlo soy completamente libre.


La segunda escena representará el mar; pondré hileras de calamares y pulpos, de sardinas lenguados y doradas. Sobre el mar abrirán una estela los delfines, como guiando un barco de velas desplegadas, en el que se asomará un piloto, feliz de ver en el horizonte la silueta recortada de su isla. Las olas ser abrirán a su paso, como saludándole.


Esta noche he tenido que deshacer casi la mitad de mi trabajo. Algo falta que no sé lo que es. Pero una de las sirvientas se ha dado cuenta esta mañana, la he visto salir por el portalón del huerto. Y esta misma tarde, los Pretendientes han tenido la desfachatez de echarme en cara que de noche deshago lo que tejo de día. Así que me espían en mi propia casa. Sólo espero que vuelva Telémaco en el momento adecuado. De Odiseo sólo puedo decir que su recuerdo es para mí como una enfermedad, no puedo evitarlo, pero intento pese a todo alejarlo de mi mente. Dejo que su imagen venga a mi cabeza, sus ojos dulces, su forma de andar, el gesto con que cuidaba sus armas. Apenas puedo recordar su rostro, pero a veces viene inesperadamente a mi memoria. Oír su voz me haría temblar como una hoja. Preferiría no pensar, haber muerto y no tener que soportar el largo silencio de su ausencia.


Las criadas que no nos traicionaron están limpiando el patio, preparándolo para el rito de purificación. Esta tarde he podido acabar la colcha, por fin. En la parte superior, donde el embozo, he puesto la escena de un banquete. En la puerta de la casa donde se celebra la reunión, una mujer aguarda con una lámpara; un caminante se le acerca para pedir hospitalidad y su aspecto cansado y polvoriento, encorvado y modesto, contrasta con la ruidosa actitud de los que celebran el banquete. De la pared cuelga un arco, esperando el regreso de su dueño. Un joven aguarda la señal convenida para sacar su espada. Ahora voy a bordar unos signos que Telémaco me ha enseñado, unas letras, con nuestros nombres. Y esta noche, cuando vuelva de casa de Laertes, le enseñaré a leer. Será divertido ver cómo lo intenta, cómo reconstruye los sonidos. Y luego dejaré que me cuente lo que quiera de sus últimos veinte años, o que calle sobre mí, hasta que su rostro se inunde de la satisfacción de quien se encuentra por fin a salvo en su casa.