lunes, septiembre 24, 2007

La muchacha de mármol

No solía pasar mucho tiempo en la misma ciudad, estaba acostumbrado a ser extranjero en cualquier sitio. A donde fuera le seguía su taller, los aprendices los encontraba en cualquier pueblo, porque los artesanos locales lo conocían lo bastante para mandarle a sus hijos a aprender las técnicas más novedosas.
Solitario, taciturno, sabía reírse en las comedias, conversar en los banquetes, adular lo justo, presumir lo necesario.
Decían de él también que no siempre fue así, un hombre triste que no quería sentirse de ningún sitio. Decían que había tenido familia en alguna de esas islas, que por alguna de estas guerras la había perdido. Pero él nunca contaba nada demasiado personal, ni bebía demasiado, ni perdía la cabeza más allá de lo imprescindible.

Lo llamaron un día a la corte de un rey, y le hicieron un encargo para un templo. Procuró hacer bien su trabajo, pero entre dioses en los bloques de piedra latía otra figura oculta. Como si los fornidos músculos de Heracles o los rizos de Baco no fueran reto suficiente, al atardecer se quedaba mirando el tono sonrosado del poniente en una pieza de mármol que parecía dócil como barro. Si al mediodía en el patio interrumpía su trabajo en la lira de Apolo, la blancura del mármol le tentaba y los dedos expertos repasaban las aristas de la pieza que había desechado por una veta azulada, que al sol parecía el pliegue de una túnica.

El cincel empezó a buscar y los dioses tuvieron que esperar tardes enteras. El rey desesperaba por el retraso en el proyecto aúlico, pero el artista parecía haber empezado a enloquecer. Hablaba solo, noche y día , y protegía la pieza en la que trabajaba del cálido sol y de la incierta luna, cubriéndola con un manto, haciéndole sitio por las tardes en la casa.

Cuando un día el rey se presentó para ver al artista, disimulando la impaciencia que le producían las excusas continuas, paseó por el patio y encontró una hermosa muchacha de mármol, con la túnica azul, las mejillas sonrosadas, la boca entreabierta y los rizos caídos sobre el cuello que giraba para mirar de lado mientras las manos recogían un pliegue de la falda y protegía en su regazo una flor de granado.

La quiso para si, pero el artista no quería desprenderse de ella. Los dioses empalidecieron a su lado, y al día siguiente, el escultor volvió a cargar en su carro el taller y a buscar otra ciudad donde ejercer su oficio. Y a su lado, cubierta con un velo y coronada de flores, como una novia, la muchacha de mármol le acompañaba para siempre, como la única compañera que quería en su vida.

domingo, septiembre 09, 2007

Islas


Entre el olvido y la esperanza debe existir un lugar habitable, donde se pueda aceptar que el sol salga cada mañana, igual para todos.

Porque olvidar es como mutilarse uno mismo y mantener la esperanza viene a ser tan arduo como distinguir el espejismo del oasis, debe haber un sitio que nos permita el reposo, sin quedar atrapados en la deuda de su hospitalidad sagrada.

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En el imaginario griego existe un lugar así para unos pocos privilegiados, al que se accede más allá del límite de nuestra vida. Son los Campos Eliseos, o las Islas de los Bienaventurados,

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