lunes, octubre 29, 2007

Aurora

Este viejo despojo enamorado al que miras
buscando bajo la rugosa piel el cuerpo
que tan bien te ha amado, este trozo
de mí que envejece a tu lado sin remedio,
aguarda cada noche tu regreso
para dejarte partir cada mañana.

Esta parte de mí que desmorona el paso
inexorable de los días, bebe en la luz primera
tu secreto perfume y el rocío
habla de ausencia, de impaciente espera.

Y cada mañana te levantas como si fuera
la primera vez que el Sol hubiera de cruzar la geometría celeste,
pero yo, esperando tras tus huellas siempre,
bendigo la oscuridad que los hombres temen.

Y llegas siempre como si espantar tinieblas fuera una niñería,
como si abrirle caminos al Sol fuera descorrer
una cortina ligera de azafrán.
Pero el color alegre de tus ojos se frena cuando mira
los surcos que en mi cuerpo deja el paso del tiempo.
La materia de la que estás hecha, vida mía, la hilera de días que inauguras
debería acabárseme algún vez, pero tu amor
me ha hecho inmortal y añoro la piadosa esperanza de la muerte.

Porque no quiero que cuando de mí quede
un cuerpo enjuto y seco, vengas a mi lado
para cuidar la corteza mortal que no puede contener
mi enamorado ser, ni quiero que mires
al viejo caduco que ya no puede servirte como quiere.

No quiero tu obsequiosa atención para la eternidad.
Déjame que me muera al lado tuyo, que me devuelvas
la mirada de pasión con que nos conocimos,
más que vivir y ver cómo me añoras, o cómo añoro yo tiempos mejores.