viernes, diciembre 28, 2007

El primer fuego.

Había que verla ahí, sentadita junto a la puerta de la casa. Su ropa impecable, su rostro iluminado por las luces de la mañana. Nadie sabía cómo había aparecido, pero ahí estaba. Esperaba con la mirada ausente, parecía que su cara sólo la hubiera tocado la luz sagrada de ese amanecer.

Quien pasara por ahí, la miraría con curiosidad, sin atreverse a dirigirle la palabra. Y ella con su figura menuda seguía ahí sentada, con su vestido resplandeciente y una caja pequeña en el regazo.

Tal vez fuera una novia sin cortejo, que custodiaba su dote en espera del novio.

A la luz del mediodía la empezaba a vencer la sombra de un ciprés en el camino, cuando llegaron dos hombres. Algo traían con sumo cuidado, entraron en la casa y liberaron aquello que parecía saltar y brillar entre sus manos. Casi no repararon en la muchacha – la mirada baja, las rodillas juntas, el pliegue del vestido como esculpido-, pero uno de ellos salió, la miró, se quedó estupefacto, como si una oleada de súbito terror le recorriese la espalda, y entró aprisa.


Desde la puerta, sentada en un pretil, mientras miraba los árboles que rodeaban la casa con las sombras primeras de la tarde, podía oír la discusión, pero no entendía nada.


Como respondiendo a una consigna, empezó a llegar gente a la casa, y cada uno salía con un trocito de estrella que portaba como el tesoro más preciado. Y la miraban de soslayo. Los hombres habían dejado de discutir dentro. Alrededor de ella empezó a agolparse la gente. Así que era ella. Y qué era eso que traía. Entonces, como si despertara de un sueño, la muchacha, sentada todavía con el porte majestuoso de una diosa, reparó en la cajita que empezaba a brillar bajo el reflejo de las luces que cada uno de los hombres llevaba consigo.

Era una delicada pieza de marquetería no vista antes, con un cierre precioso, lo que hacía pensar que dentro guardaría un tesoro sin igual.

Pero uno de los hombres de la casa hizo que todos se marcharan y dejó fuera a la joven, que empezaba a notar el frío de la noche.

Dentro nadie se había ido a dormir, pero la discusión parecía haber cedido ante la comida cuyo olor humeante llegaba a la chiquilla. Así que era eso, el calor de la comida, el brillo del metal al atardecer, la luz saltarina domesticada. Eso explicaba que ella estuviera ahí y llevara una caja que no debía caerse, ni abrirse, ni romperse.

Saciados ya, vencidos tal vez por un día de fatigas, los de la casa callaron. Al rato uno de ellos salió. La iluminó con una lamparilla; los ojos de la muchacha parecían mecerse al compás de la llama.

-Pasa y no temas a mi hermano. Es demasiado prudente. Estás temblando de frío. Entra y come algo, guarda esa caja antes de que te la roben y siéntate conmigo junto a este fuego que llamaremos hogar. Y que no te importe lo que digan los otros. No sé de dónde vienes, ni qué traes contigo. Eres fascinante y no sé por qué, pero creo que la vida sólo puedo vivirla a tu lado. Respetaré tus silencios, te enseñaré lo que sé, si es que quieres quedarte conmigo.

Su mano se acercó casi temblando a la mejilla helada de la muchacha. Al sentir su calor ella lo miró a los ojos y entreabrió los labios en su primera sonrisa. Él la tomó de la mano para cruzar juntos el umbral de la casa.

La cajita tendría que aguardar a que llegara el tiempo de la ira, el tiempo en el que ella, que tenía consigo todos los dones, tuviera que sufrir el desprecio permanente de aquel hombre arrogante al que todos tomaban por prudente. Pero su hermano, (el inconstante, el voluble, el jovenzuelo), la hacía feliz, juntando risas mientras aprendían los prodigios del fuego.

Cuando mucho después las cosas empezaran a torcerse, siempre estaría ahí la caja, para cargar con la culpa de todos los males.

martes, diciembre 18, 2007

De piedra y fuego

No sabían a dónde habían llegado, pero el barco había encallado en alguna parte y el temporal había cesado.

Lo que vieron fue un paisaje borroso, desdibujado, donde los contornos de la tierra, del mar, de las montañas y los valles parecían ser una única cosa, desolada, yerma.

Podían ver un horizonte donde apenas se distinguía cielo y tierra, como si el orden acostumbrado hubiera caducado y hubiera que inventarlo todo de nuevo.

El viento húmedo y frío les despertó de su asombro y les obligó a ponerse en marcha, pero a dónde.

No quedaban caminos que recorrer, amigos a los que pedir ayuda, o templos en los que hacer sacrificios. Era como si se les negara el consuelo o la ayuda. Y sin embargo los dos, solos como no lo ha vuelto a estar nadie, tenían que empezar a caminar.

Se habían dado la mano, y la piel encallecida de años y fatigas parecía ya una misma piel. El tibio contacto de algo conocido les infundió ánimos, pero en silencio se preguntaban, cómo podrían hacerlo.

Echaron a andar abriéndose paso en un camino lleno de piedras embarradas, que el temporal había arrastrado para cegar barrancos, todavía desbordantes de agua. A su paso las lluvias torrenciales habían arrinconado árboles, cercados, puertas. Cuanto había dado seguridad a los hombres yacía en un caos cruel, pues los dioses se habían burlado de los intentos de los humanos por superar su penosa condición.

Quizá los dioses se apiadaran ahora de ellos dos, a los que habían salvado para despojarlos de todo cuanto habían conocido.

Buscarían el oráculo de Zeus: ya que su voluntad había sido salvarlos, debería tener para ellos un designio.

Mientras apartaban las piedras de su paso, Pirra se preguntaba cómo volvería a ser fértil la Tierra. Deucalión se alarmaba de la inmensa hostilidad del Cielo.

Camino del oráculo fueron tirando piedras a los lados, devolviendo un orden minúsculo a la naturaleza devastada. Buscaban un camino, querían encontrar una vez más los instrumentos con los que hacer fuego y preparar algún tipo de sacrificio que Zeus acogiese.

Había que capturar algún animal para el sacrificio, aunque fuera una paloma atrapada en las ramas de un árbol.

Se calentaron en torno a la hoguera sagrada, y una vez que se hubieron reconfortado, tomaron las piedras inertes que el fuego iluminaba y las fueron esparciendo alrededor del recinto sagrado que acababan de crear.

Y así brotó una nueva generación de hombres, hijos de la tierra, alumbrados por el fuego.