lunes, enero 14, 2008

ECO

-Yo necesito saber si tú,

si tú recuerdas el mensaje
MENSAJE
que te envié. ¿Lo recuerdas?
¿RECUERDAS?

Fragmentos de conversación en un tranvía

martes, enero 01, 2008

De tu hoguera a la mía.

Estaba también el agua, el sol y el aire, y el pan que cada día se amasaba trabajosamente, Pero para vivir también le hacía falta él.

Y estaba también el fuego, el calor de una hoguera, y el aire, y el rebaño de cabras que cuidar afanosamente. Pero para vivir también le hacía falta ella.

Y como no podían encontrarse, idearon la forma de verse sin estar juntos. De manera que al atardecer, cuando la silueta de la isla se recortaba contra el sol vencido, ella veía entre las nubes efímeras el rastro que lo conduciría hacia él. Si le pudieran prestar alas. Y se preguntaba ¿qué distancia hay entre tu casa y la mía?

Y al alba, el sol intrépido surgía detrás del bosque sagrado, donde no era lícito adentrarse, y, mirando al templo que parecía atraer los rayos primeros, él imaginaba caminos por el agua, por los que llegaría en seguida hasta su casa, porque en realidad no estaban tan lejos.

Y si alguna vez tenían la suerte de encontrarse, -una peregrinación que justificara el viaje, una visita que se debía a la hospitalidad sagrada-, en seguida las ausencias pesaban más que los silencios, y el corazón desfallecía en las sienes cada tarde, cuando a la entrada de la cueva donde guardaba las cabras, la hoguera de él competía con la llama sagrada que desde el templo, en lo alto de la colina ella encendía para honrar a la diosa. Pero si un día la hoguera no prendía, si alguna vez el viento agotaba la llama, la noche amenazaba sus sueños y el amanecer los sorprendía febriles, exhaustos, separados.

Y la distancia sólo hacía que la pasión se estirase como una llamarada que quisiera ser el sol. Y su amor fue tan poderoso que de ellos se cuentan varias historias.

Hay quien dice que sus padres estaban dispuestos a concertar las bodas, pero que los augurios eran tan malos que acabaron oponiéndose. Y así un día, quizá una noche de luna, sobre un odre henchido a modo de balsa cruzó la mar. Los delfines parecían animarlo en su empresa y su amada lo esperaba señalando la parte accesible de la costa. Sabiendo que se atraerían la ira de sus pueblos, huyeron monte arriba, a lo más alto. Y vieron que allí de donde venía él, una sacudida de fuego abría la tierra, porque el Padre Protector se había enojado de que burlasen así sus presagios. Por la desgracia que atrajeron los dos amantes murieron en el bosque sagrado que lleva su nombre desde entonces, Gara y Jonay.

Otros dicen, que, no pudiendo soportar más la ausencia, cada noche se echaba al mar hasta los brazos que lo amaban, pero un día de invierno la corriente lo engañó hasta empujarlo contra las rocas, donde Hero lo encontró ya muerto al amanecer.

Y así es la historia que se cuenta aún entre Sestos y Ábidos, entre La Gomera y Tenerife.