martes, abril 29, 2008

Fedra desvelada

La noche prolonga el sofocante ambiente del día, sin dar tregua a nuestros cuerpos para que se entreguen al sueño.
No sé cuanto tiempo llevamos así, con este aire tórrido que recuerda veranos en Creta, cuando todavía no sabíamos nada ni de caballos, ni de murallas.
En estas noches interminables maldigo el día que llegamos a Trecén, para verte languidecer en tus mejores años, consumida por una fiebre que no me quieres explicar.

No sé si deliras, si hablas en sueños, si quieres decirme un secreto inexplicable. Cuando el sol se pone y las criadas han baldeado el patio sacamos las sillas al fresco de la noche, para entreternos contando cuentos, mientras los hombres vuelven fatigados de las tareas del campo que resultan asfixiantes bajo este calor que todo lo quema.
Y veo que sigues con los ojos a los que vienen a caballo, que buscas y callas.

Y pasan días y más días y no hay quien te haga comer, como no hay tampoco agua para calmar tu sed. Ni hablas, ni te paras quieta, vas de tu cuarto al patio, vuelves y te acuestas, quieres levantarte y me dices que deseas salir, pero no tienes valor para vestirte. Y por mucho que indague no veo qué enfermedad te acerca tanto a la locura.

Ni médicos, ni sanadores ni adivinas quieres que te ayuden y dices que tu mal tú sola lo entiendes. Pero no es sólo tu mal, es que yo ya no sé respirar sino por tu boca, y unas veces te hablo como si fuera tu madre para recordarte tus deberes para la casa de Teseo, para con tus hijos. Otras veces te halago, te hago fiestas, busco tu risa y me miras entonces con una ternura impotente. A veces temo que llegue tu marido y te encuentre así y crea que alguien te ha aojado, o que le ocultas algo innombrable, o que simplemente quieres dejarte morir.

Y si conoces tan bien el origen de este mal, por qué no me lo nombras, que yo lo callaré. Quién si no yo puede ser tu confidente.
Y si no te sale la voz entre los labios, por qué al menos no lo señalas de alguna forma que pueda entender.

Cada tarde, cada noche de insomnio te hago estas mismas súplicas. Hasta que hoy al alba, cuando todos salían a sus obligaciones, te paraste de pronto al escuchar el brioso estrépito de los cascos de su caballo, del nuevo semental que monta sin miedo el bastardo del rey.

Y ahora también yo he perdido el habla, porque he comprendido que en este trance no hay camino que os aparte de la mutua destrucción. Y que no hay palabra ya que pueda salvarte, si no escapa de sus labios.
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Sobre el Hipólito de Eurípides. Un estudio sobre la moralidad en esta obra.