sábado, septiembre 06, 2008

Ítaca puede esperar.



Apenas había salido la Aurora, nos dispusimos a aparejar las naves con el corazón sobrecogido aún por haber vuelto del reino de Hades, al que entregamos el cuerpo de nuestro compañero Elpénor. Sin embargo, la brisa nos era favorable y Odiseo parecía poseído por una extraña obstinación. Nos dio órdenes claras, siguiendo los consejos de aquella Circe, pese a que sus hombres, todos marineros expertos, le pedíamos que buscara la ruta más corta para volver por fin a casa.
Ignorando las murmuraciones, me indicó meticulosamente cómo habría de proceder. Y realmente sus palabras habrían parecido las de un loco, pero era el mismo loco que nos había llevado a las puertas del infierno y había regresado sano y salvo. Sin embargo, quien emprende tales viajes no es posible que vuelva a ser el mismo. Obedecí confiando una vez más en su talento, y dispuse los cabos, ablandé la cera y la distribuí a los hombres, que de mala gana se taparon los oídos para mirar atónitos cómo ataba a nuestro rey en el mastil, como si fuera un ser peligroso para si mismo y para los demás.
El habernos vuelto sordos nos dificultaba mucho la navegación porque la brisa se había echado y era imposible imprimir un ritmo unísono a nuestros remos. De pronto el cielo se oscureció con una bandada de pájaros que nunca supimos de dónde venían. Las molestas aves volvían una y otra vez sobre nuestro barco, invadían la cubierta y revoleteaban girando en torno a Odiseo. Su rostro se había transfigurado, absorto, como si su mente fuera a salir de su cuerpo detrás de los pájaros.
Mientras tanto, los hombres y yo hacíamos nuestro trabajo penosamente, pero conseguimos ir dejando atrás aquellas aves de perdición, mientras Odiseo con el rostro desencajado parecía querer darme nuevas órdenes que yo no podía oír.

Cuando las perdimos de vista, lo solté tal como me había indicado, y quité la cera de mis oídos. Él no paraba de preguntar una y otra vez si las había visto, y si no me parecían maravillosas. Yo respuse la verdad: eran un enjambre de pájaros molestos de aire carroñero, con labios en vez de picos y cabellos dorados en vez de plumas; que sus graznidos agudos casi habían taladrado mis tapones y que me parecía que a él le había sumido en un trance extraño y pavoroso.
Él me miraba incrédulo y pedía volver, virar el barco y buscarlas más allá del horizonte. Su único deseo era volver a oír el cantar de las Sirenas, Ítaca podía esperar.
-Señor, le pregunté, ¿qué canto es ese tan prodigioso?
Y me respondió con el rostro cansado de quien ve alejarse la plenitud de su vida.
-A mí me cantan, Euríloco, a mi vigor en Troya, a mi ingenio en la lucha y en la mar, y a la vida inmortal que me darán con sus cantos.
Mantuvimos el rumbo, sin embargo, para enfrentarnos a nuevos peligros con la esperanza de volver a nuestras casas a pasar en paz los años de vida que nos quedaran.

Recreación del pasaje de las Sirenas del canto XII de la Odisea
Foto - Ulises de Pedro Rodríguez, (c)