viernes, marzo 13, 2009

Cada día, la guerra

Me giré en la cama para abrazarte antes de que saliera el sol, pero tú ya te habías ido. Quedaban huellas recientes de tu presencia entre las sábanas, quedaba tu olor, la forma de tu cuerpo que se había dormido junto al mío.
Te eché de menos de tal forma que me dolía. Era como una punzada que me hizo levantarme y salir corriendo por si pudiera alcanzarte aún , antes de que cruzaras el patio.
Pero no había rastro de ti. Te había dado tiempo de recoger tus armas y estarías reuniendo a tus hombres antes aún de que la aurora tiñiese de azafrán con su reflejo los tejados de nuestra ciudad.

Y ahora, cómo quitarme esa añoranza de ti que me acompañaría todo el día, cómo esquivar los pensamientos que me conducirían hasta ti inexorablemente, cómo no imaginarte sudando bajo la armadura, saltando del carro, empujando siempre un poco más, intentando quebrar la línea de ataque de nuestros enemigos.
Como tantas otras mañanas me desperecé en medio del patio, como si al estirarme pudiera espantar los pensamientos de negros pasos y repasé las tareas en las que ocuparía el día.
Alguien tiene que ir al almacén, y controlar que las provisiones estén en buen estado, que se repartan de forma equitativa. Que a nadie le falte grano, ni lino, ni leña ni aceite. Es un trabajo monótono pero requiere una concentración fija, algo que hace que el tiempo pase anestesiado como si no nos tocara.

Y cuando llega la hora de preparar la comida, vuelvo al palacio, y me reúno con las demás mujeres. Te juro que preferiría no hacerlo. No hablan más que de los rumores que se extienden por la ciudad, todos variables e infundados, como si contemplar la batalla desde nuestros muros pudiera darnos una idea de lo que pasa allí abajo.
A veces pienso que deliran o que contemplan espejismos, acuciados por el calor y esta larga sequía. Pero no podemos hacer otra cosa que mantenernos a la espera. Esperar a que caiga la noche e imponga su tregua, a que vuelvan nuestros hombres y desear que sea el de otra el que no vuelva. Esperar que algo pase y que cambie nuestra suerte.

Y entonces llegas tú, precedido por las palabras de tus compañeros, por la mirada de orgullo que Príamo te envía en silencio, casi como un ruego de que no le falles nunca. Y no corro a abrazarte para parecer serena y segura y que no noten las demás mujeres que me ha pasado el día temblando por dentro, sin soportar separarme de ti. Pero en cuanto nadie me ve necesito tocarte, asegurarme de que eres tú , bajo la armadura de la que te despojo, bajo la capa de polvo y sudor, entre los rasguños de los golpes que has sabido esquivar o incluso con las heridas que dejarán nuevas cicatrices en tu hermoso cuerpo.
Eres hermoso Héctor, como la noche, cuando limpio tus heridas y con aceites te masajeo los miembros cansados de una lucha interminable. Eres hermoso, Héctor, como esa mirada tuya que nunca he visto desfallecer. Es cierto que cada día estamos más cansados, que cada día parece que tuviéramos que volver a empezar un batalla insensata. Pero tu tenacidad, en la que confían tus hombres, te hace más hermoso aún. La manera en la que sin alardear de tus triunfos agradeces a los demás cuando te ayudan en el combate, te hace más entrañable para mí.
Y una vez que las huellas de la batalla han desaparecido sales a buscar a tu hijo y aún encuentras el momento de jugar con él y divertirlo. Ese niño que no conoce la paz, ha crecido creyendo que salir cada mañana de casa con la armadura y el carro de combate es la manera normal de empezar jornada para un hombre.

Y ya juntos hacemos planes para el futuro, Cuando llegue la primavera llevaremos al niño hasta el Roeteo, para que vea toda la bahía y juegue en la playa. Y cuando llegue el verano, nos iremos de pesca, hasta Tenedos. Y en otoño saldremos los tres a buscar setas a los bosques del Ida y desde sus colinas miraremos lo pequeña que parece Troya.
Y planeando cosas tan dulces te vas quedando dormido. Y yo duermo y sueño. Sueño que empieza a llover, que en el Ida se amontonan las nubes y truena. Y que desde lo alto Zeus no para de llover y vuelven a correr los barrancos con agua hojarasca, piedras y barro. Y el Escamandro se desborda y con una fuerza inigualable avanza hacia el mar y lo arrastra todo a su paso, y se lleva el campamento de los griegos, que corren despavoridos a subir a sus barcos pero los dioses no les permiten regresar a sus casas.
Así pasa la noche y antes de que llegue el alba intento abrazarte y me giro en la cama para asir tu ausencia.

3 comentarios:

Luis Inclán dijo...

¡Hola, Olga!
Te aviso (para no ser traidor) que el lunes aparecerás en mi blog con un premio (o dos) a cuestas. Es uno de tantos 'memes' que llegan...
Espero que no te resulte demasiado molesto...
Saludos.
Luis.

Olga dijo...

Jejeje... el que avisa no es traidor. Veré qué puedo hacer.
¿Será limonada? ¿Qué será, será?

Arlequín De Porcelana dijo...

¡No había visto que habías vuelto a escribir! Me alegra mucho que regreses con la voz de Andrómaca =). Espero poder seguirte leyendo más a menudo para que vuelva a no haber semana en que no te recomiende.

¡Un abrazo muy fuerte desde el frío del Sur!